Después de aprender el abecedario y los números, uno de los momentos más importantes en nuestros días de escuela es aquel en que aprendemos las operaciones matemáticas básicas.
La mayoría de nosotros no lo recuerda, pero ese día en que entendimos que la acumulación o suma de cosas podía representarse con símbolos fue una fecha trascendental. Los objetos que nos rodeaban -de los más simples a los más complejos- podían agregarse los unos con los otros para producir un nuevo concepto que entendíamos gracias a juegos y comidas.
Cuando vino la triste resta fue de fácil comprensión pues igual que a su hermana la suma, la sentíamos en la bolsa del pantalón cuando se iban terminando los caramelos o nos ganaban una partida de “maules”.
Páginas tras páginas de los cuadernos se iban llenando, con ejercicios cada vez más complicados, en los que ya no se utilizaban frutas ni animales y solo se usaban números. Una cifra, dos, tres o más y decenas, centenas, millares, agregaban dificultad a las tareas y buena fama a los condiscípulos que eran diestros en su solución.
La multiplicación lucía más emocionante que la suma por sí sola, pues era añadir un número tantas veces como indica otro número. Diferente a la adición, era equivalente a esta pues permitía alcanzar un mismo resultado.
Pronto las tablas que había que memorizar (sí o sí) le quitaron la emoción a la novedad. Largas jornadas, con canto incluido, llenaron las tardes que fueran otrora de juegos sin fin. Y cuando creíamos que había sido suficiente, llegó la división. Parecía complicada, al inicio, pero luego entendimos que todo lo aprendido antes (suma, resta y multiplicación) serviría para lograrla con éxito.
En los años siguientes, las cuatro operaciones aritméticas básicas nos darían motivos de sobra para trabajar en la escuela. Para muchos, seguiría siendo así en el colegio. Entenderlas bien permitiría superar pruebas académicas, mientras no hacerlo sería motivo de frustración y nuevos obstáculos. Lo que estábamos lejos de saber era que serviría para actividades como el cocinar, ir de compras, conducir un coche, practicar deportes, procrear un hijo, impartir justicia, trabajar en equipo o hacer política, solo por citar algunas.
Nuestros políticos podrían demostrar en estos días un dominio más virtuoso de algunas operaciones aritméticas básicas. Sumar voluntades, multiplicar sus esfuerzos, restar trabas e inconvenientes de todo tipo para luego dividir los beneficios de acciones esperanzadoras entre la mayoría, sería mucho mejor que lo realizado durante los últimos años en que ha prevalecido la suma de intrigas, la resta de confianza ciudadana, la multiplicación de excusas y la división de todos. Podrían portarse bien y hacer mejor sus tareas (si es que lo aprendieron en la escuela).