Columnistas

La desconfianza de la ciudadanía en los políticos tiene orígenes claros. Y la culpa no la tienen otros, la detentan los mismos políticos. Podría tener algún efecto el sobredimensionamiento de imputaciones repetidos en las redes sociales y medios de comunicación. Como sucede con cualquier publicidad positiva o negativa a un producto. A efecto de los políticos, a veces injusta, por decirlo. Pero suficiente para botar cualquier honra y dejar la duda imperecedera aun sobre quien no la merezca. Sin considerar de que se trate de una campaña mediática intencional. Son causas determinadas y como tales, son las que habrían de combatirse con fin mas elevado, el bien común, pero ahora con este especifico de recuperar la confianza en la practica política. Como medio no como fin. Cuando el liderazgo lo llevaban políticos considerados dechados de virtudes, respondían, cuidaban de serlo. Ahora son dirigentes, el idealismo del liderazgo, en líderes y liderados, se desvanece, doblado ante la avaricia, de poder y de riqueza. Mal habidos. La política no es para enriquecerse, es para servir. Y en la distorsión de este apotegma, radica la primera causa del descrédito de la política y por ende de los políticos, la corrupción. La sola percepción, es suficiente, porque tiene fundamento que queda demostrado con la inexplicable fortuna que acrecen quienes no están dotados de talento ni realizan esfuerzos de superación y trabajo. Y entre otras causas, la impunidad, que promueve mayor corrupción y el nepotismo, el que cínicamente, los nepóticos actuales aducen que no es delito. Todas de sobra conocidos. Igual de pesos pesados para arraigar desconfianza en la política están la ineptitud en el manejo de la cosa pública, la desidia, no saben y no tratan. El sentido de urgencia, ausente ante la miseria de quienes era para ayer que ocupaban educarse, curarse, alimentarse y estar seguros. Todo puede revertirse. Recuperar la confianza en la política, solo es asunto de respetar la ley. Sencillo.

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