Columnistas

Se ha desnaturalizado el significado de la Natividad

La publicidad comercial deforma el verdadero contenido de esta festividad, con mensajes que explícitamente sostienen que la dicha y felicidad se encuentran en acumular más y más objetos materiales, incitándonos a gastar a manos llenas, en el proceso endeudándonos aceleradamente. El poseer es, de acuerdo con este razonamiento, la razón de ser de nuestras existencias.

El ser consumidores es la ruta directa, expedita, para la satisfacción personal y familiar, y el ostentar públicamente lo obtenido se valora como el ser exitoso y triunfador, no debiendo importarnos si el prójimo carece del mínimo poder adquisitivo para satisfacer sus necesidades básicas. Si somos exitosos a escala individual, ¿que importa e interesa lo social? Priva el individualismo y egoísmo extremos, lindantes con el hedonismo.

Sea que profesemos o no un credo religioso, la esencia de esta fecha radica en que fue el nacimiento de una figura histórica, nacida en Palestina, que durante su corta pero intensa vida sostuvo y predicó principios considerados por las élites dominantes, imperiales y locales, como subversivos y desestabilizadores: la igualdad entre todos los seres humanos, más allá del poder y riqueza acaparados, la opción por los pobres solidarizándose con sus sufrimientos, condenando a los “sepulcros blanqueados”, la hipocresía y la manipulación de la fe popular.

Estos mensajes concitaron la ira y la persecución hacia el hombre de pelo largo llamado Cristo Jesús, en la medida que encontraba más y más seguidores que hacían suyas estas inéditas verdades, lo cual era percibido como una amenaza directa, perturbadora, a la injusticia y desigualdades prevalecientes en esa provincia del Imperio Romano, sometida a sangre y fuego.

Estos hechos hoy pasan desapercibidos, ignorados. Lo importante es concentrarnos en gastar a manos llenas lo poco o mucho que poseamos, aún si adquirimos objetos innecesarios para el cotidiano vivir. En el camino veamos cómo nos arreglamos para amortizar los endeudamientos contraídos, que se irán acumulando hasta límites insostenibles, si por cualesquier motivo somos incapaces de cancelarlos o cuando menos amortizarlos gradualmente. Lo fundamental es no quedarnos rezagados respecto a lo que nuestros vecinos han adquirido. Así, conformista es aquel que no atiborra su hogar de mercancías, en más de una ocasión de dudosa calidad en su manufactura.

Y estos inhumanos mensajes se transmiten de generación en generación, y la niñez y juventud los va asimilando acríticamente, reforzando así el consumismo opuesto a la morigeración y la templanza, aspectos esenciales de una personalidad equilibrada, con los pies en la tierra, sabido de sus limitaciones y posibilidades.Sentimientos tales como la espiritualidad, compasión, reciprocidad, resultan obsoletos, irrelevantes, hoy en día, si otorgamos credibilidad a esta saturación deformadora de lo esencial en nuestro ciclo vital.

¿Seremos capaces de suficiente criterio racional para distinguir lo verdadero de lo falso, lo perdurable de lo efímero, lo auténtico de lo postizo? Tal vez resulta difícil, mas no imposible.