Disminuimos la velocidad para hacer más tolerable el trance, pero fue inútil. La situación presagiaba desastre y era potencial materia prima para convertirse en futura anécdota de infame remembranza. Preparados para lo peor, comenzamos a buscar un lugar para detenernos sin riesgos, cuando de repente escuché una dulce voz maternal que decía a su retoño: “Póngase el periódico sobre la pancita, hijo. Así se le quitará el mareo”. Por el espejo alcancé a ver una sonrisa mezclada con un gesto de incredulidad en el rostro del chico ante el extraño consejo. “¿Un periódico, mamá?”, le pregunto, dudando si había escuchado bien la sugerencia. “Sí, hijo. Un periódico. Eso hacía su abuela con nosotros, cuando estábamos pequeños y rápidamente se nos quitaba el malestar”.
Con fe ciega, nuestro hijo tomó el diario que estaba en el asiento trasero y lo colocó sobre su abdomen. Cerró los ojos y esperó pacientemente a que “la medicina de mamá” surtiera el efecto deseado. Mientras tanto, enfrente y al timón, yo me distanciaba de la racionalidad inculcada por cuarenta años de escuela y retornaba a los recuerdos de la niñez, a esa época en que un beso materno “aliviaba” los dolores de caídas, picaduras de insectos, quemaduras y machucones en puertas o gavetas. Recordé los tiempos en que tomábamos sin dudar cualquier remedio, brebaje o pócima que prepararan nuestras madres o sus madres, nuestras abuelas.
Recuerdo bien cómo la abuela nos preparaba “lechita caliente con canela” ante los primeros síntomas de catarro, asegurando –con ojo de facultativo- que aplacaría el malestar a la hora de dormir. Años después su hija (mi madre), “recetaba” igual a nuestros retoños. Fue ella también quien preparó “las aguas” para aliviar a su nuera (bebedizos terribles, pero infalibles). Estas recetas, transmitidas de abuelas a madres y de estas a sus hijas e hijos, existen en muchos hogares y son patrimonio familiar. ¿Quién no recuerda el “sana, sana, colita de rana…”? Mi esposa y yo todavía lo cantamos a nuestros hijo e hija cuando se quejan lastimeros por un golpe, pudiendo “constatar” el poderoso y mágico efecto de ese cariñoso beso, ese que todo lo puede y todo lo cura…
Cuando miré por el espejo nuevamente, el color había vuelto a las mejillas del crío. No hubo necesidad de detenernos a orilla del camino pues el ritmo de su respiración indicaba que se había dormido profundamente. Mientras tanto, el periódico seguía en el lugar en que él lo había colocado obedientemente. “Sanador y certero”, como el amor de mamá y papá.