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Reconstruir la confianza

Entre nosotros, la desconfianza campea por doquier. En la calle, entre los más allegados, en las altas esferas. Cada vez es más difícil encontrar esa esperanza firme en alguien o algo, pues se desconfía de palabras y acciones, especialmente si quien las profiere o ejecuta está asociado a la política.

En los políticos desde hace tiempo no se confía, o se confía poco y a veces. Creerles lo que hacen o dicen es directamente proporcional a la cercanía afectiva que se les tenga, por eso, se confía en ellos ciegamente si se es de su mismo bando y fanaticada, y se les descree y duda en igual intensidad si son del equipo o facción contraria. La desconfianza es regla, no excepción.

Igual pasa con todo lo que se vincule con la actividad política: partidos, parlamentos, instituciones que tratan o resuelven sus asuntos, permanente u ocasionalmente, los mismos políticos y sus seguidores. Es como si todo lo que toca la política se “contaminara” de la duda, de la falta de fe y esperanza, de la sospecha.

Desde hace varios años, poco o nada se ha hecho para invertir ese sentimiento generalizado que rodea a la política.

Lejos de escarmentar y corregir, las dirigencias políticas y sus operadores se alejan cada vez más de la ética y el tipo de conductas que les han granjeado el desmérito, volcándose a asumir posturas ambivalentes o utilitarias, arropadas de un rampante pragmatismo o cinismo, que solo han profundizado la incredulidad del resto (excepto sus parciales, claro está) hacia su palabra e intenciones.

En las aulas universitarias se nos enseñaba el principio de la buena fe, que la buena fe se presume, ya que la verdad y la rectitud gobiernan los actos de los seres humanos; sin embargo, en la vida política pareciera que todos los que participan asumen que el contrario y quizás hasta los propios juegan con cartas marcadas, prestos a aprovecharse del otro (y así suele suceder, infortunadamente, para confirmación de los desafectos de la política y sus actores).

En las últimas semanas hemos podido atestiguar cómo la confianza está ausente de los discursos públicos de las dirigencias políticas. No es nuevo: ya era así antes del malogrado ejercicio electoral del 26-N.

Desde 2005, a pesar de la evidente necesidad de corregir las “reglas del juego” democrático, prácticamente nadie -con excepción de bien intencionadas voces desde la sociedad civil organizada- emprendió una iniciativa de diálogo sincero hacia una agenda de cambios, que previniera las crisis que hemos debido soportar en la última década. Así las cosas, resulta de ingenuos e ilusos asustarse de los acontecimientos recientes.

En estos momentos, lo más inmediato -antes de demandas específicas- debe ser el reconstruir siquiera un poco de confianza entre los indispensables protagonistas de este nuevo capítulo de nuestra historia republicana. Decía Simón Bolívar: “La confianza ha de darnos la paz. No basta la buena fe, es preciso mostrarla, porque los hombres siempre ven y pocas veces piensan”.

Si en los próximos días a eso se abocan -reconstruir confianza- ciudadanos y ciudadanas, nacionales y extranjeros, habrá luz al final del túnel.