¿Se puede presenciar, aprobar y aplaudir una danza folclórica o una representación de las tradicionales bombas y luego hacer uso del término indio de manera peyorativa aunque sea en forma de broma? Más de uno se sentirá identificado con esta contradicción que ha perdurado, me atrevería a decir, durante décadas entre nosotros.
Los pueblos originarios con todas sus expresiones culturales corren el riesgo de convertirse en una pieza nada más decorativa en la construcción del rostro de la identidad cultural de una nación, en una especie de producto de suvenir, que no puede ser tomado en serio en la cotidianidad, un entretenimiento, una mera mención a la existencia.
No es que no deba hacerse esa valoración del que podría llamarse un “performance” (me permitiré este anglicismo dada su precisión) de un pueblo, pero es las más de las veces estéril, porque fuera de esos espacios controlados, llámese académicos, culturales e incluso comerciales, la expresión; ya sea una danza, un bordado, una comida, una bebida, o cualquier otra manifestación de valor de un pueblo, quedan opacadas o son relegadas a un segundo plano con suerte, cuando no cae en la anulación.
Lo indígena, lo afrodescendiente, lo nativo (perdonando la imprecisión de este adjetivo) parece que no puede ser tomado en serio, no puede ser normalizado y la etiqueta de exótico parece intrínseca a su naturaleza. Siendo nuestras raíces no hemos podido aprender a convivir esa otredad cultural.
La inclusión cultural tiene aristas muy espinosas porque puede proponer algunas expresiones como apéndices, como agregados de una cultura, repito, su elemento decorativo.
Aquí haré distinción del folclorismo escolar y el folclor verdadero de la sociedad. El escolar corre el riesgo de presentar una visión no del todo cierta de las expresiones de los pueblos, una visión equivocada, por ejemplo proponer al campesino hondureño como un personaje poco ilustrado, mujeriego y perezoso.
El folclor “verdadero” puede proponer a un indígena instruido, pero esta figura no resulta tan colorida y atractiva como el perezoso, no sería un suvenir, sino un producto cotidiano y serio. El folclorismo escolar tiene un espacio propio dentro de la historia de un país, sin embargo, hay que distinguirlo porque la academia forma parte fundamental de la formación de la identidad nacional, y crecemos creyendo que el hondureño es así.
Es necesaria la reflexión académica y la investigación sobre la hondureñidad y el hondureño, no es posible generar un discurso sobre lo no revelado. No basta presenciar una danza, aplaudir una obra escolar sobre los pueblos, no basta poner con orgullo en la sala de nuestro hogar una artesanía lenca si fue hecha mientras el artesano sufría de hambre y su familia también.
Y no nos olvidemos que para el mundo, dolorosamente, como país, podemos ser una simple artesanía colocada en el centro de una mesa, un suvenir que puede ser sustituido por otro en el momento en el que el dueño lo decida. Seamos buenos ciudadanos del mundo y dignifiquémonos los unos a los otros.