A partir del gobierno del buen amigo “Mel” Zelaya, bajo el influjo de la corriente trasnochada del socialismo del siglo veintiuno, sobrevino una aversión, enemistad, animadversión y tirria de muchos funcionarios del gobierno contra la empresa privada. Se catalogaba a todo emprendedor como un asaltador, explotador de sus empleados, contrabandista, defraudador fiscal y todos los demás epítetos. No se discriminaba entre los que ocupan las funciones más cimeras en el campo del comercio, la industria y la banca comercial y los humildes artesanos, comerciantes, talabarteros, agricultores, etc. Todos caían en el mismo costal de seres representativos del capitalismo corrosivo; en el gobierno de “Pepe” Lobo continuó la antipatía, ojeriza, rabia, bilis, saña y malquerencia por el sector productor de riqueza que, junto a la insustituible fuerza obrera, forma la gran columna vertebral de la economía hondureña.
La “inquina” del sector oficial se manifestó en oídos sordos al clamor generalizado de la industria y los demás sectores de la producción; las imposiciones fiscales, el atraco o impuesto de guerra oficial estaban a la orden del día, muchos de ellos disfrazados de dádivas, coimas, extorsiones y demás actos de corrupción imposibles de evitar o denunciar porque las represalias estaban también a la mano para contrarrestar cualquier relincho; hoy, continúa el menosprecio por el que produce. Las descalificaciones de su capacidad gerencial para impedir un cierre es el camino para soslayar las responsabilidades compartidas de ese sector oficial que sigue sin escuchar el clamor popular y el golpetazo que se da con el cierre de miles de empresas grandes, medianas y pequeñas.
Antes de la Bambino desfilaron otras de las panificadoras emblemáticas de muchísimos años de existencia; la Bella Nápoli, La Lido, La Rey, La Roma y decenas de otras que no soportaron el demagógico salario mínimo de “Mel” ni los catastróficos costos de la energía eléctrica así como el incremento inmisericorde de los insumos y nuevos impuestos. El mercado del pan, señores, es cosa seria, no es cierto que con gran facilidad se trasladan al consumidor el incremento de costos; el mercado no lo tolera. Se desploma con el menor aumento y los panaderos se las ven oscuras jugando con la calidad y los tamaños. Por favor, tengan piedad del que paga los salarios de toda la maquinaria burocrática; ¿cómo esperan que el pueblo tolere más sacrificios y apoye una reelección?
*Empresario y analista