Casi cualquier persona que lea este artículo habrá crecido escuchando frases como: “el buen español” o “la lengua correcta”. Habrá ganado, también, alguna discusión que consulta el diccionario y, por supuesto, en algún momento habrá corregido con bastante orgullo lo que consideró una impertinencia del lenguaje. Hasta hay (o hubo) ciudades que presumieron de hablar “el mejor español de América”.
La escuela ha funcionado a través de la historia como una especie de guardiana de la lengua. El Día del Idioma ha servido para incensar a los buenos hablantes mientras se sotierra a los del habla vulgar y coloquial. Los maestros de español, claro está, han sido los principales agentes del orden lingüístico. Sin embargo, hay en todos estos hechos algunos puntos que reprochar.
La mayoría de las personas sigue considerando que su habla cotidiana debería ser un conjunto de correcciones gramaticales, y se disculpa a la vez que se sonroja cuando no es de esa manera.
Pensar en una forma central de la lengua es pensar en una hegemonía. La forma culta se impone a las demás, y las deja con poco o ningún valor. Tal vez el problema más grande no es lo que se enseña, porque al fin y al cabo para escribir este artículo he buscado más o menos esas formas correctas, sino la manera en la que se plantea.
¿Hay que enseñar a hablar a los niños como campesinos? Se trata más bien de enseñar a hablar a los niños con los campesinos sin ese Pepe Grillo lingüista que le está diciendo todo el tiempo que la forma que usó el campesino es incorrecta. La conclusión no debería ser la condescendiente, que se apesara del nivel lingüístico de su interlocutor, sino la de apreciar las diferencias o cuando menos no reparar negativamente en ellas.
No se trata de colocar a los estudiantes en un punto inaccesible del espectro lingüístico, sino de ampliar su propio espectro para que pueda convivir e interactuar con la mayor cantidad de posibilidades que ofrece la lengua.
Una vez puestos los lentes de lingüista, es muy difícil no pensar la lengua que se ha pretendido enseñar en las escuelas como una ficción. Y aunque se han hecho esfuerzos por incluir algunas formas consideradas vulgares en los libros de texto, como sucedió en México con la adhesión de la -s en la conjugación de la segunda persona singular del pretérito perfecto (dijistes, dormistes) lo primero que ha generado es polémica, y los policías de la lengua no han tardado en salir ha defender las formas canónicas.
La lengua es una realidad que nos supera en sabiduría, mecanismos de defensa y siglos de existencia. Nunca ha necesitado que nadie la defienda de ningún vicio o de algún otro idioma extranjero, ella sola, como sistema inteligente que es, va engullendo lo que le parece adecuado y vomitando lo que no le sirve o funciona. Prueba de ello es que por más esfuerzo que se hizo en las escuelas por derribar algunas formas rechazadas por la academia, no se pudo.
No debe existir miedo de que una visión más amigable con todas las formas de la lengua dentro del salón de clases reduzca la calidad de la redacción, porque evidentemente cuando del arte de redactar se trata, se está frente a otro código, que tiene sus propias dimensiones, sus propios trucos y sus propias preocupaciones.
Con frívolas correcciones, mientras nos creímos policías, le robamos a la lengua su nobleza y opacamos su diversidad; se crearon, además, complejos innecesarios en los hablantes y con ellos fuertes limitaciones, que desembocan en consecuencias insospechadas.