Decía Carl Sagan, el —entre otras cosas— famoso escritor y divulgador científico, que el universo no le parecía ni benigno ni hostil, le parecía nada más indiferente. Y eso es lo más terrorífico de todo. Sagan se refería a lo que en términos de lengua se llaman construcciones medias, es decir, acciones que suceden sin ningún tipo de intencionalidad. Por ejemplo, en las oraciones “la hierba crece”, “el fuego arde” o “se forma un huracán” nadie ejecuta en realidad esa acción, simplemente sucede. No hay una fuerza ni intencional ni consciente.
Es la razón por la cual, las historias de terror o suspenso tienen lugar en condiciones climáticas adversas. Siempre hay tormentas de agua o de nieve, un mar embravecido, un lago que engulle, un bosque agreste, una montaña solitaria o el mismo espacio exterior que no escuchará ninguna súplica. El ser humano se halla, entonces, a su suerte. Se reconoce en ese momento pequeño y débil y siente mucho miedo. Recordamos que tenemos una relación de dependencia unidireccional con nuestro entorno, es decir, nosotros lo necesitamos, pero él no a nosotros.
Como país acabamos de vivir justamente esa indiferencia de la naturaleza. No se trata de una cobranza o de un reclamo, como algunas personas, quizá en unas bienintencionadas palabras quieren hacer ver. Sí, son efectos de nuestros errores como especie en la dominación del planeta, pero nada más: efectos.
Eta entró al país y descargó toda el agua que había acumulado en sus primeras etapas. Y a su indiferencia natural se sumó nuestra indiferencia inicial. El desastre que hoy vivimos no sucedió de la noche a la mañana, se ha ido fraguando a lo largo de los años. Aunque, debo decirlo, ningún país está completamente preparado para enfrentar un huracán o un terremoto. Si revisamos los ejemplos alrededor del mundo, las consecuencias de estos desastres son muy difíciles de evitar.
Lo esperanzador es que con un espíritu no de país, sino de nación, no hemos sido indiferentes a las consecuencias. Nos hemos unido y, evidentemente, hemos demostrado que estamos dispuestos a ayudarnos. Y mejor, lo hemos hecho. Es lo que la patria espera de nosotros.
Y a partir de ahora no se puede actuar con indolencia de cara al futuro. Es necesario para la próxima vez, porque la habrá, porque así es la naturaleza, desarrollar una cultura que nos permita estar un paso adelante y que no haya hondureños que tengan que quedarse horas en los techos ni listas de desaparecidos ni dolor ni nada que lamentar. Al inicio de cada temporada de huracanes ya debemos tener en nuestras cuentas lo que puede suceder. No importa cuán meticulosos y exagerados tengamos que ser.
Para que una comunidad (colonia, barrio, ciudad, país, región) fracase no es necesario ensañarse con ella, basta con que lo importante no importe mucho. Por ejemplo, no es necesario que un profesor agreda un niño para que lo dañe de por vida, bastará con que le dé igual si aprendió a interpretar correctamente una lectura. Es un enemigo no declarado, uno silencioso. Incluso dramáticamente los peores villanos son aquellos que tienen apariencia de buenos, o por lo menos de no tan malos.
No olvide que la naturaleza es terroríficamente indiferente, y por esa razón no podemos darnos el lujo de nosotros serlo también.