Columnistas

Muerte de un río

Cuando el otrora bardo Juan Ramón Molina cantaba al río Grande o Choluteca era porque su belleza era exquisita, hoy esa belleza es de espanto. Raudo el río bajaba de la esmeraldina cordillera de Yerba Buena municipio de Lepaterique y salpicaba con sus aguas los valles de Ilamapa, Talanga, Villa san Francisco, Morocelí hasta ir a morir en la desembocadura ubicada en el Golfo de Fonseca, había cruzado la geografía nacional por tres departamentos y llevaba fauna, flora, minería de arena, grava, piedra, e irrigaba los sembradíos que el campesino cultiva en sus riberas y daba vida al mismo hombre al proveerle el vital líquido lo mismo que al ganado.

Hoy por su cauce no sobrevive la fauna que fue eliminada por las grandes contaminaciones de heces fecales extraídas de cada hogar y vertidas a su lecho, residuos industriales y tóxicos como el plomo, el mercurio, arsénico, más aún la inmisericorde mano destructora de sus bosques que provocaban la formación de ojos de agua o nacientes. Todo ello echado al traste de la basura.

Y el comienzo de esta hecatombe tiene su lugar en su lugar de origen; la misma cordillera de Yerba Buena, donde con la cantaleta del manejo del bosque han ido raleando bosques prístinos, ya que la extracción de trementina está diseminada por todo el municipio de Lepaterique, la tala nociva del bosque al conceder la extracción a explotadores del bosque cuyo fin es ir arrasando sin la exigencia de la reforestación, como eliminar bosque para la producción de hortalizas que utilizan herbicidas y pesticidas que son llevadas al cauce cuando las tormentas caen.

No existe un plan agresivo de recuperación del bosque, no, no lo existe, ni se exige, porque somos solamente llamaradas de tusa, solo cuando vemos la necesidad apremiante es que nos convertimos héroes que damos mociones en el Congreso Nacional para legislar sobre papel mojado.

Con ello también la naturaleza llega y se ensaña con el gorgojo descortezador dejando miles de hectáreas de bosque muerto, más la lapidaria costumbre de quema incesante que año tras año dejan carbonizados el bosque esmeraldino.

Necesitamos represas para abastecimiento de agua y año a año es la misma cantaleta; racionamiento porque las represas azolvadas captan poca agua y en tiempo de lluvia la demás se va, provocando inundaciones en las márgenes bajas, llevando consigo destrucción y muerte porque, aunque la ley exista que no debe haber viviendas a doscientos metros de los ríos los sembradíos de casuchas son arrastradas con las crecidas.

Después de las represas vemos cauces apenas con hilos de agua, que posteriormente toman fuerza por los afluentes que tiene pero que también son ríos de excremento y residuos, cuando llega a los valles ha ocurrido que ha habido filtración y eliminación de toxicidad más aún así el río está contaminado, se extrae agua para regadíos de maíz, melones, sandías, caña de azúcar, las grandes tormentas dejan bancos de arena y piedra y provoca que el río no fluya libremente.

Hoy el río Choluteca muere lentamente ante la mirada de todos nosotros, ante la desidia de los gobernantes que permiten su explotación sin medida y de forma avorazada los empresarios acometen en contra el río, porque primero es la bolsa, después, sálvese quien pueda.

Los hondureños tenemos complejo masoquista, nos encanta el dolor, miramos como son destruidas los miles de hectáreas de bosque y selva que es un ritual al culto del dios de la destrucción, más cuando nos llenamos de humo y ceniza sacamos la lira y nos ponemos a recitar versos o a cantar odas, así como Nerón cantó cuando Roma era consumida por el fuego.

Nos encanta vivir al límite de la sequía y cada año soñamos que estamos construyendo nuevas represas, sacamos los miles de proyectos engavetados y empolvados que tiene el gobierno pero ni siquiera ningún gobernante ha tomado la iniciativa de construir, historia que escucho hace décadas y se pierde en el vapor del tiempo, así como el río Choluteca se evapora ante nuestros ojos para convertirse en río de invierno que arrastrará nuestra desidia, indolencia, corazón fatuo, porque hemos tenido el tiempo, los recursos y el personal humano, para conservarlo bello, más decía Polo Paz, “los hondureños somos diferentes”, les dejo este bello verso para que en el futuro recordemos que tuvimos un río llamado Río Grande o Choluteca.

Lejos de estas montañas, en un lugar distante, soñaba con tu fresca corriente murmurante, como en la voz armónica de una amada mujer; con tus ceibas y amates y tus yerbas acuáticas, con tus morenas garzas, inmobles y hieráticas, que duermen en tus márgenes al tibio atardecer.