En 2005, el Centro de Documentación de Honduras (Cedoh) publicó el libro “Los acuerdos son posibles” que sistematizaba la experiencia de la Comisión Política de los Partidos Políticos (sic) en el proceso de reformas consensuadas entre abril de 2001 y diciembre de 2002. Con moderado y consciente optimismo, el texto da cuenta de la singularidad de este esfuerzo partidario, único en el istmo por sus características, que presentaba una alternativa desde los liderazgos políticos locales al “despertar de la sociedad” y a ese “desencanto popular” por la democracia y en la democracia, que se manifestaba al inicio del nuevo milenio en las plazas de las grandes ciudades y en la implosión de los sistemas de partidos. Lejos de saber lo que le deparaba la década al país, aquellos visionarios representantes partidarios acordaron respuestas para fortalecer una “agenda institucionalista” que paliara e hiciera frente a la crisis del modelo democrático cuyos síntomas principales eran -entre otros- la creciente brecha entre el votante y sus representantes, la falta de transparencia en la financiación de la política, la baja calidad del rol de mediación de los partidos políticos entre la ciudadanía y el Estado, eminentemente clientelar y antidemocrática.
Apelando al politólogo Giovanni Sartori, reflexionaban sobre la necesidad de democratizar la relación entre los partidos como dentro de estos, “recuperando la naturaleza misma del carácter republicano” (op cit. p. 18). Era indispensable el juego de equilibrios y contrapesos entre poderes, propio de un Estado garantista, con una justicia, poder electoral y contralores más transparentes, con magistraturas ocupadas por “gentes incompatibles con los intereses políticos o corporativos” (ídem), para hacer posible su rol neutral y autónomo.
La ruta era el camino institucionalista, que permitiría no solo la vigencia de los derechos de la ciudadanía, sino los funcionamientos sociales, económicos y políticos que harían posible el desarrollo económico.
Durante cuatro años, aquellos representantes -la mayoría de ellos buenos amigos y todavía entre nosotros- lograron ponerse de acuerdo para moldear una ambiciosa agenda de reformas constitucionales y legales que sumó muchas palmas y generó expectativas, pero que en menos de dos lustros fue desmantelada por subestimar la cultura política predominante. De esas reformas apenas quedan hoy adoquines en el camino al infierno en que vivimos, como suele pasar con todas las buenas intenciones.
Mientras las alternativas políticas presentes no converjan y continúen en el vaivén de un “sálvese quien pueda” y el deporte de la quejumbre virtual, solo queda esperar más desacuerdos. Serán estos el combustible del “despertar de la sociedad” y “desencanto popular”, que quiso conjurar aquella talentosa Comisión Política, que hizo posible un acuerdo imposible.