Lo que funciona no se cambia. Si desde que dejamos de ser parte de la Federación Centroamericana, por ejemplo, hubiéramos tenido una Constitución que funcionara, y sobre todo un respeto hacia ella, nunca hubiera sido necesario cambiarla. Sí hacerle enmiendas y reformas, pero no tirar lo hecho y comenzar de nuevo.
En este país ha habido cada invento, cada reforma, cada promesa, todas con esperanzas de cambio que han quedado en la nada. Tanto que de muchas de ellas no recodaríamos ni un ápice a pesar del esfuerzo. Es que han sido catorce Constituciones, catorce veces en las que hemos “pensado” el país, en las que supuestamente hemos echado cara para adelante y comenzado a hacer lo que mejor suponíamos. Y cada una de ellas no es más que la evidencia del fracaso. De reformas es mejor no hablar porque es un cuento aún más triste. ¿Es tan difícil hallar una manera correcta de vivir?
Ahora que en cada medio, en cada foro, en cada espacio se habla de las Zonas Especiales de Desarrollo Económico, no puedo más que pensar que de fondo de lo que se está hablando es del fracaso de nación. Además de qué es lo que implican, de lo cual se ha hablado con profundidad, la otra gran pregunta es cómo se llegó a ello.
El nombre mismo es delator: zonas especiales. Entiendo que son aspectos técnicos y que muy poco lirismo hay en la elección de estos nombres, pero nadie podrá negar que surge la pregunta: ¿por qué hablar de zonas si el país entero debería ser desarrollado? Los países, el nuestro también, tienen en la esencia de su existencia el desarrollo, que no lo sean es una contradicción. Y si es necesario crear proyectos que funcionen con otro ecosistema, hemos de entender que nuestras reglas del juego no valen para el desarrollo. Esa es la lectura de fondo: la aceptación de la derrota.
No me refiero a lo que pasará, sino de la manera en la que hemos emprendido el camino hasta estas circunstancias. Los innumerables proyectos de nación —infectos algunas veces de ideologías— han desaparecido de la misma manera en la que habían llegado. Ninguno de ellos nos ha dejado un verdadero legado. Han sido o malas ideas o ideas regulares ejecutadas con franca incompetencia. No puede haber otra explicación para lo que hoy somos.
Es probable que esto haya sucedido porque los proyectos no han surgido de los que al final de cuentas son los mayores componentes del Estado: la población en general. Si miramos al pasado, los hitos como la huelga de 1954 o la consecución de la autonomía universitaria en 1957, que si bien no han solucionado lo que somos como país, son ejemplos de cómo desde la población surgen los cambios duraderos, estables y de provecho para la nación. Son una excelente imagen de lo que significa genuinamente popular. La gente suele saber qué es lo que le conviene y cuando no, se permite saberlo.
La constitución —hablo del sustantivo común con minúscula— de Honduras en realidad es un puñado de arrebatos, de fiebres, de rencores, de ignorancias, de sinsabores y “sinnortes” (de vez en cuando está bien bautizar una palabra). No se trata de un patriotismo romántico, que considero incluso prescindible, se trata de que del bienestar del país depende si hay o no escuelas, de si hay o no medicinas, de si hay o no seguridad, de si hay o no empleo, de si hay o no recreación y arte. A pesar de lo que diga la teoría general del Estado, sin condiciones convenientes para todos los individuos no hay Estado.