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Ley Electoral y asignatura pendiente

No era posible quedar bien con todo mundo, pero al final se aprobó la trastocada Ley Electoral, que a algunos les sacó un simple “peor es nada”, y en otros desató una desaforada ira.

Algo de presión de una parte de la oposición y de la comunidad internacional, logró rescatarla de la gaveta donde se guardan las malas intenciones.

Tampoco es que hayan creado un instrumento fantástico que evocará la “Utopía” de Tomás Moro; es una limitada normativa que trata de acomodarse a la realidad política actual, en la que hay varios actores, y no solo liberales y nacionalistas, como era antes.

Como suele ocurrir después de una catástrofe, la gente esperanzaba por algo mejor, que la ley sería un cambio audaz, radical, que desharía el desasosiego y la amenaza, pero no; y eso que llevamos años de intranquilidad política -con golpe de Estado incluido-, división y odio; los gestores de la normativa son los mismos de siempre.

Es inquietante que el pleito, la discordia y el descomunal interés sea el control de las mesas electorales; es más importante quienes contarán las papeletas y rellenarán las actas, que la conquista de los votos, es decir, el deseo de hacer fraude o evitarlo es el objetivo esencial de los políticos, validando la antigua y desvergonzada tesis que “las elecciones se ganan en la contada”.

Después, al buscar culpables por un mal gobierno, se acusa al votante y no al procedimiento, al sistema, que está diseñado para perpetuar a los mismos; como la antigua aristocracia francesa, que luego de la Revolución, quiso seguir siendo aristócrata, y como ya no se podía heredar, encontró solución en las elecciones, las pusieron de moda en el siglo XVIII.

Con 14 partidos inscritos, que nadie es capaz de nombralos a todos, la integración de mesas con la vieja ley sería un pandemónium, o dirían otros, un mercado persa, no solo porque se vendería cualquier cosa -desde credenciales, hasta firmas- también por la aglomeración, que rompería las medidas de bioseguridad por el coronavirus.

Pero integrar esas mesas electorales -que pasaron de llamarse MER a Juntas Receptoras de Votos (JRV) para parecer nuevas- con tres representantes de los partidos grandes y dos de los pequeños, tampoco parece muy democrático; tal vez lo ideal era lo que llamaron “ciudadanización” de las mesas, es decir, con otra gente menos comprometida.

Reclamo general es la segunda vuelta electoral, el balotaje -también lo inventaron los franceses- que sirve para enfrentar a los dos candidatos más votados en una primera elección, y permite al triunfador conseguir la mitad de los votos posibles, fortaleciendo su gobierno. En América Latina 14 de los 18 países tienen este sistema.

Son las asignaturas pendientes, para cuando los políticos, además de sus intereses, respeten los nuestros, porque a veces las cosas que no se dan a las buenas, suceden a las malas; y eso sí que no.