Columnistas

Las redes que nos unen... y desunen

Con la invasión de las redes sociales en nuestras vidas, poco a poco hemos ido acostumbrándonos a nuevas formas de acceder y transmitir información, de aprender y desaprender, de comunicarnos e interactuar los unos con los otros, aún y cuando los emisores y receptores se encuentren a miles de leguas de distancia. No importan horarios, fechas, idiomas ni diferencia alguna de idiosincrasia, clase social, origen, género y variadas preferencias, una vez que atisbamos por primera vez a la moderna interconectividad informática, no habrá pasado mucho tiempo cuando ya nos hayamos sumergido en su complejidad y, si no tenemos cuidado, nos hagamos dependientes a ellas cual adictos.

Cuando supe de la Internet por primera vez fue en 1994. Un año después tenía mi primera cuenta de correo electrónico y ya “navegaba” en búsqueda de datos útiles para mis estudios superiores. Fuera de una institución educativa, organización social, gobierno o empresa, era difícil tener acceso a la autopista informática. Para el resto quedaban los “Internet cafés” y sus altos precios, siendo una pequeña minoría la que podía utilizar una línea telefónica y módem para conectarse a la web.

Los teléfonos celulares poco a poco iban incorporando funciones y desplazaban a los “beepers” (localizadores), hasta hacerlos inútiles. En pocos años, los negocitos para Internet desaparecieron, y los móviles se hicieron “inteligentes”; de un día para otro portábamos aparatos en nuestras manos con más capacidad de memoria que las primeras computadoras que utilizamos en nuestras mocedades.

De uso masivo y accesibles a la mayoría de la gente, cada uno de los modernos teléfonos permite hoy no solo conectarse a la gran Internet, sino participar de redes sociales, posibles gracias a las características actuales de los medios de comunicación, el desarrollo de tecnologías y su disponibilidad a distintos grupos poblacionales.

El 17 de diciembre de 2008 me uní a Facebook y en julio de 2009 a Twitter. Desde entonces, gracias a ellas, me maravillé reencontrando viejas amistades, hice nuevas camaraderías, anuncié por su canal acontecimientos felices y tristes de mi vida, me informé y desinformé, recibí profundas muestras de amor y solidaridad, con intermitentes oleadas de odio y desesperanza.

Puedo aceptar que han cambiado -en su mayoría para bien- algunos de mis hábitos, así como mi percepción del mundo y la gente que me rodea (cercana y querida, lejana y anónima).

Con ocasión del último ciclo electoral también conocí -en primera persona- su peor cara: el uso de “bots” (programas que efectúan tareas repetitivas, que serían imposibles y tediosas para una persona) y la presencia de “trolls” (personas que publican mensajes provocadores para molestar o incomodar a otros participantes en redes), así como la mezcla de ambos, con motivación política y difamatoria.

Contrario al pretendido efecto original buscado por las redes, estas “novedades” promueven desunión y antipatías, animadversión y desencuentros. Distinguirlas y denunciarlas es una buena práctica, pero evitarlas e ignorarlas es una necesidad: por salud mental y por la paz, nuestra y de los demás.