Las vacaciones de la Semana Santa llegaron a su término e inicia el recuento de la resaca que dejó el receso y la venida a un contexto que nos espera, con la cruz a cuesta de un estallido social, de una crisis sin precedentes en los funcionarios estatales de este territorio con las manos sospechosas bajo la impunidad del olvido que mantienen en el abandono a esta democracia enraizada en la mentira e hipocresía del discurso oficial.
El regreso a la chispa inflamable de los precios de los combustibles, que estos días en medio de la algarabía, comilonas del mar y entre las procesiones, le asestaron el décimo perenne aumento, sin piedad y sin arrepentimiento y seguirán subiendo sin hacer por lo menos la pantomima, que se puede resolver, pero buscando soluciones con el propósito de no apretar la corona de espinas en esta crisis que el pueblo carga con la pasión del último aliento, hacia la crucifixión en una patria de calvarios y rencores perdidos y la paz que siempre ha sido el refugio final de los políticos, a fin de amansar las voluntades de esta parcela redentora de la furia social.
Esta es la vuelta a la miseria, a la pobreza escandalosa, a los renglones del desarrollo humano, a los informes de calidad de vida que aparecen en las pantallas de la economía mundial. Volvemos a la paralizante violencia en un país absorbido por la barbarie, sin educación y sin la esperanza de que alguien nos pueda gobernar con un ápice de esperanza, con miras a salir del agujero negro, que aquí hace tiempo se fotografían en las conquistas del poderío de la nación, tomándose una selfie del cinismo.
Un retorno embriagado de un mal sabor en el paladar, más allá de los conflictos, nos encontramos con los señores del imperio que gobiernan y cobran tasas e impuestos, que nos darán la bienvenida de quienes regresan, escapando al menos unas semanitas, de las duras agresiones de un entorno nacional con los altos gravámenes para los pobres; sin embargo, no sucede así con algunas clases opulentas que sí disfrutan como verdaderos bandidos enmascarados en aves de rapiña que se alimenta del saqueo y despojo de la riqueza gubernamental.
Además, regresamos viendo por las ventanas los desiertos de nuestros recursos naturales, consumidos por la intolerancia y el descuido nuestro; volvemos a las ciudades, donde la desdicha estalla con el detonador de la inflación, esa que no se logra sobrellevar con la frustración y el odio a los que más tienen y evaden magistralmente los tributos.
Hemos vuelto a esta realidad de la fantasía, donde el dinero de la droga fortalece los lazos de la criminalidad y el “comercio” de la trata de personas, tal si fueran excursiones de placer en caravanas. Pensar que todo se va a olvidar después de este descanso es una quimera fabricada a la medida de las necesidades del hondureño medio, que aún guarda la cultura de creer en las cosas irremediablemente perdidas, la sensatez ante esta plaga de herejes y Judas de la corrupción y del vacío, abandonando la última tentación de poder y engaño.