Del mismo modo que ––según los expertos–– es inédito que dos huracanes azoten Centroamérica en menos de quince días y, peor, que a cercano plazo se esté formando un tercero, lo que evidencia la circunstancia de una troika natural prácticamente desconocida hasta ahora, en la biografía de Honduras tampoco se había dado el conjuro de que tres fuerzas destructivas se encimaran sobre la patria e hicieran daño no sólo a su presente sino a su futuro, es decir a la próxima generación.
Repaso los textos de historia y no hallo otra confluencia de rabia plutónica donde coincidan como en la actualidad tres perjuicios: (a) el de la política, (b) uno de la naturaleza y (c) otro sanitario. Pues el que nos gobierne una satrapía del narcotráfico (viniendo sátrapa de “hombre ladino (pícaro) y astuto”) ya es suficiente maldición como para que ocupemos otras. Y sin embargo a ello se agrega el zarpazo cruel de una pandemia y sobre ambas el acoso ––la tunda, el golpe, fastidio y paliza–– de no uno sino dos huracanes, palabra maya para referir al dios del viento, el fuego y las tormentas. O sea que yacemos, en este instante, pinchados por el tridente de Neptuno, grosero dios que tiene como hermano a Plutón, al que se cita.
Morazán combatió dos marejadas simultáneas en 1837 cuando, sustancian los especialistas, el cólera diezmó a una población ya envilecida y maleada psicológicamente por otra peste ideológica, cual era la religión católica viciosamente administrada. Cuando el presidente Guardiola decreta la libertad de cultos en Islas de la Bahía y consecutivamente Honduras, en 1859, maneja un segundo frente inmediato, que es una rebelión de curas supremacistas a quienes les parece mal se adore a dios en otro modo que no sea vaticano. Cuando la terrible crisis de 1969 (guerra con El Salvador) impávida descansa la naturaleza, indiferente alumbra el sol.
La trinca actual ––narcos, virus y ciclones–– es excepcional y, peor aún, compartida ya que la élite hegemónica ha aprovechado los dos eventos posteriores para enriquecerse y multiplicar su descaro y corrupción. Robó desde el instante mismo en que el Congreso le consintió robar: en máscaras, equipos médicos, hospitales móviles, sobreprecios, divisas y luego en combustibles, ayudas, alimentos, en fin, donde se pudo traicionar a la confianza pública y al erario. Más grave incluso, lo que es como una cuarta ola de daño, esa misma élite endeuda al país en grados tales que a la sociedad le será imposible dedicar recursos a la reconstrucción y menos a la normalización de la economía y el trabajo en por lo menos veinte años. El presente está siendo destruido por el ciclón de la avaricia y el crimen, en tanto que el futuro de las nuevas generaciones ha sido hipotecado, pudiéndose decir, sin intención de elaborar metáforas, que retornamos al pasado en vez de avanzar al porvenir.
Las grandes coyunturas demandan respuestas viscerales, cortes de la más drástica verticalidad, y de allí que la única solución para que el vicio no se repita es erradicarlo absolutamente, lo que significa iniciar desde ya una campaña vigorosa para que en la próxima contienda el elector hondureño castigue al cachurequismo ladrón y le niegue en total el voto. Voto cero debe convertirse en la consigna.