Todo lo que sucede y sale de la Casa Blanca es motivo de debate en el mundo. A diario salen auténticas tormentas del Despacho Oval, en dónde Donald Trump toma decisiones y las comunica a su círculo más cercano y luego lanza a los cuatro vientos. Él es quien califica que es “correcto”, “maravilloso” o “lo mejor”. Afuera se escuchan voces a favor y en contra, pero la decisión se convierte en tormenta.
Lo sucedido a principios de año en Venezuela (la madrugada del 3 de enero), ha provocado grandes debates en las redes sociales, en donde los extremismos suelen dominar las conversaciones y las personas reciben “por algoritmo”, lo que quieren oír según su forma de pensar.
Sin embargo, lo que estamos viendo merece algo más que los “dimes y diretes” de las redes sociales. Es tan serio lo que sucede, que debiera ser motivo de reflexión general, antes de que la situación termine por afectar al mundo entero, partiendo de que se trata de la principal potencia militar y económica del mundo.
Como escribí la semana anterior, Nicolás Maduro no tiene ninguna defensa posible ante el pueblo venezolano, la democracia y el respeto a los derechos humanos. Cometió todos los atropellos que un dictador puede llevar a cabo, y su caída –¡claro que sí!– era algo necesario para Venezuela. Sin embargo, la intervención de EE UU en la forma en que se hizo y las decisiones posteriores, abren la puerta para que se resquebraje el orden internacional –más de lo que ya está– y sientan precedentes nefastos para toda la región latinoamericana.
Se atribuye a Maquiavelo la frase “... el fin justifica los medios”. En este caso, el fin fue la captura de Maduro y el medio una intervención militar que no contó con la aprobación de organismos internacionales y, por lo tanto, no se apegó al derecho internacional, ni siquiera al ordenamiento interno de EE UU, ya que el Congreso no fue informado ni aprobó la intervención militar. Se puede celebrar el fin de un dictador, pero no el método.
Peor aún, el fin no fue ni siquiera el restablecimiento de la democracia, sino simple y llanamente el control del petróleo, bajo el pretexto de que se administrará mejor y el fruto de su explotación llegará al pueblo venezolano, sin responder a preguntas tan básicas como ¿cuándo? ¿Cómo?, y un, ¿por qué?, más bien de dudosa interpretación.
De inmediato, el mundo se preocupó, porque si se hizo eso contra Venezuela, ¿qué podría suceder con otros países o territorios, como son los casos de Colombia, México y Groenlandia?, para citar los casos más inmediatos.
Claudia Sheinbaum y Gustavo Petro, tras las amenazas directas de Trump –después de la captura de Maduro–, tuvieron que hacer “de tripas corazón”, y solicitar sendas llamadas a la Casa Blanca para asegurar a Mr. Trump que su lucha contra el narcotráfico está garantizada. Ambos irán a dar pleitesía al poderoso gobernante.
El caso de Groenlandia tiene un escenario diferente. Dinamarca y los propios groenlandeses han sido categóricos al señalar que la isla “no está en venta” ni quieren ser parte de Estados Unidos. La gran duda en el mundo a esta fecha es sí Trump intentará hacer realidad su deseo de tomar ese gran territorio en el Ártico Norte a pesar de ese rechazo.
Washington no parece ahora dispuesto a alimentar la alianza con los países de la OTAN. Por el contrario, manifiesta desprecio hacia sus antiguos aliados, con los que tiene un nexo importante para impedir el expansionismo de otro régimen autoritario: la Rusia de Vladimir Putin.
Finalmente, María Corina Machado, la valiente líder de oposición venezolana, se reunió el jueves con Trump en la Casa Blanca y, desde mi punto de vista, cometió un gran error al entregarle la medalla que representa el Premio Nobel de la Paz. Una acción más de sumisión que de reconocimiento. Hay que recordar que Trump anticipó que no promoverá pronto el retorno a la democracia y que cree que ella no tiene el respaldo de la población. El tiempo dirá si Machado logró algo positivo por dejar el Premio Nobel en Washington, en vez de llevarlo con su gente en Caracas.
La democracia es el respeto y acciones a favor “del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”. Eso no es lo que se está viendo en EE UU. Allá, ahora mismo, hay concentración de poder, persecución a quienes muestren disenso, desprecio por reglas, controles y leyes, represión contra la prensa y uso de la fuerza para aplacar manifestaciones, entre otras muestras del autoritarismo.
Insisto lo que otras veces he escrito: No es cuestión ideológica. El autoritarismo es malo de izquierda o derecha. No fue bueno con Franco, Hitler, Mao, Castro, Ortega, Chávez, Maduro, Pinochet o Fujimori, como no lo es con Trump, Putin, Xi Jinping o Kim Jong-un. Por cierto, el común denominador es que no han gustado o gustan de la libertad de expresión... ¿Por qué será?