En el mes de junio pasado cumplí dos sueños acariciados desde hacía muchos años. Tuve la fortuna de estar en Celaque y en Punta Sal. Los extranjeros que acompañaban a nuestro grupo, además de deshacerse en elogios por las bellezas naturales de nuestro país, fueron también testigos de las tomas de las carreteras que se dieron en esos días. Varios me comentaron que estaban admirados por la hospitalidad de nuestra gente; en los diversos lugares a los que fuimos encontraron personas serviciales y abiertas a dialogar.
En Tela, durante nuestro recorrido por el parque nacional Jeannette Kawas, pude conversar con Elmer, uno de los conductores de la lancha que nos llevó después de una hora de viaje hasta Playa Escondida. Originario de La Mosquitia, me contó el esfuerzo con el que pudo concluir sus estudios de administración de empresas en La Ceiba. Después de buscar infructuosamente un trabajo relacionado con su profesión, encontró la oportunidad de conducir a turistas a Punta Sal. Mientras observábamos los monos en estado salvaje me contó el esfuerzo con el que su sacrificada madre había conseguido que sus cinco hijos lograran estudiar alguna profesión. “La situación no está bien en Tela. No es fácil encontrar oportunidades de trabajo. Tengo cerca de cincuenta conocidos, entre parientes y amigos, que han ido a otros países a buscar cómo sostener a sus familias”. Además de la alta cantidad de personas que emigran, me preocupó la situación de alta incidencia de jóvenes que han caído en el vicio del alcohol o las drogas. Me contó que las maras, no la policía, se había encargado de llevar una cierta tranquilidad a Tela; “desde hace algún tiempo las maras se fueron encargando de limpiar de delincuentes la ciudad”. No estoy diciendo nada que no sepamos. Existen problemas sociales reales en nuestro país. Pensando en la situación de pobreza de tantos hondureños, me encontré una antigua ficha que obtuve del libro “La paz interior”, del próximo beato de Fulton J. Sheen, que en su momento me llamó la atención: “Nuestro mundo moderno ha producido una generación de políticos ricos que hablan mucho de su amor al pobre, pero que nunca lo prueban con actos, y ha dado lugar a que los corazones de muchos pobres se sientan llenos de envidia de los ricos y codicia de su dinero. El rico humilde ayuda a los pobres más que el revolucionario que los usa para abrirse caminos hacia los tronos stalinistas”. Y en otra parte, dice: “Si es muy rico, no defenderá los derechos del pobre sin antes despojarse de sus riquezas para ayudarle”. Muchos pensamos que todas las soluciones deberían venir del gobierno. Y es verdad que su función es velar por el bien común. Sobre la clase política recae el peso de representar los intereses de los más desfavorecidos. Pero también debemos ser conscientes de que por nuestras calles circulan muchos haciendo ostentación de bienes que no es justo atesorar cuando estamos rodeados de personas en condiciones de pobreza y miseria. No me refiero como ricos solamente a los que tienen bienes materiales en abundancia. Todos tenemos cualidades de educación, tiempo y valores que hemos de poner al servicio de los demás. Pensé entonces en los “ricos humildes” que por fortuna existen en nuestro país que de forma silenciosa se preocupan de verdad por el bienestar de las personas. Tal vez nos faltaría conversar más con las personas como Elmer para darnos cuenta de que la principal pobreza que podemos padecer es la indiferencia con los más necesitados.