Siempre es una satisfacción encontrar amigos en una librería, sobre todo porque las librerías no son sitios habituales para muchos hondureños. En fin, me hallé con Miguel, y hablando de todo me preguntó que qué tema tenía para el artículo de esta semana, y le dije que estaba decidiéndolo; me sugirió, circulando el dedo por las estanterías ¿por qué no hablás de esto, de los libros? Buena idea.
Empecé por preguntar a los encargados de la tienda, para que me confirmaran mi percepción, que a pesar de las fiestas y la época de regalos, los ciudadanos no piensan en una librería para obsequiar a amigos o familiares; sin embargo, ha sido una sorpresa estimulante descubrir que muchos hondureños decidieron regalar libros por navidades.
¿Qué libros? Bueno, un poco de todo -me explicaron- llegan padres especialmente a comprarles a sus adolescentes algunos clásicos, textos que el consenso mundial clasifica como obras maestras; un poco más, historias de aventuras, viajes, monstruos y fantasías; y muchos best seller (palabra incluida en el diccionario de la RAE), sobre todo de elaboradas tramas de suspenso o lacrimosos dramas de amores contrariados y desencuentros.
Mientras tanto, las otras tiendas del centro comercial van descerrajando las tarjetas de crédito, pulverizando el aguinaldo, en ventas enloquecidas de teléfonos celulares y sus complementos de protección; videoconsolas y sus juegos onerosos; computadoras y tablets a precios prohibitivos; perfumes carísimos, zapatos, camisas, fajas... tantas cosas
por regalar, que al final se pierde el sentido del obsequio, el detalle, y el afecto se diluye en la banalidad.
Regalar un libro también nos causa desasosiego, porque sabemos que en el entorno no hay aprecio pletórico por los textos, y hay quien lo recibiría con la ceja levantada, con gestos de extrañeza; sería tan inútil, como dar aquí guantes para la nieve o una tabla para surfear. Y como toda obra de arte conlleva emociones, seguro regalaríamos algo que nos gusta o que le tengamos especial atención, y si la otra persona lo desprecia, multiplica la decepción en ambas partes.
Para los padres es distinto, porque se saben con la obligación de educar a sus hijos, y aunque ellos particularmente no lean, reconocen que la lectura abre la mente, amplía el universo personal, transforma al ser humano, lo saca del montón; así que van por la librería sin complejos, escogen uno, ojalá dos libros, que se los empaquen y, bueno, después
serán parte de las responsabilidades de los chicos, los mandarán a leer, como a cepillarse los dientes o arreglar el cuarto. Algo es algo. Convencidos que cuando estén grandes lo agradecerán.
Umberto Eco fue un reconocido semiótico y novelista italiano, junto al dramaturgo y cineasta francés Jean-Claude Carriere, analizaron la irrupción de la tecnología e internet en nuestras cotidianidades y costumbres, para concluir con ejemplos y conocimiento en un texto que llamaron “Nadie acabará con los libros”. Dicen los expertos, que así como las tijeras, la cuchara, el martillo o la rueda se inventaron para quedarse, lo mismo pasará con el libro; podrán sustituir el papel por hojas plásticas, o pasarse a soportes
tecnológicos, como tablets o teléfonos, y fácilmente almacenar y transportar bibliotecas completas en memorias electrónicas; pero la esencia se mantendrá y siempre alguien querrá tocarlo, olerlo, sentirlo.
Como una cosa no quita la otra, con un esfuercito podrían regalar un videojuego, una camisa, un bolso o una corbata, junto a un libro; quién sabe, tal vez teniéndolo a mano, inopinadamente, alguien decida leerlo y nuestro país empieza a cambiar.