A propósito de la reunión en residencia veraniega entre los gobernantes hondureño y estadounidense, es oportuno ponderar lo mejor posible el papel de la inversión extranjera en una economía como la hondureña, pequeña, abierta y bastante vulnerable a factores externos.
El tema de las posibilidades de inversión extranjera estadounidense hacia Honduras, sin dudas, figura como poderoso espectro ansiado por unos pero también cuestionado por otros. No es un asunto nuevo. La historia contemporánea de nuestro país desde finales del siglo XIX está marcada por la penetración y la diversificación de los capitales de las compañías mineras primero y luego las bananeras.
Gran parte de la evolución económica sigue pautada en ese esquema económico. Es una realidad que debe sobrellevarse en la búsqueda impostergable de un proyecto de nación. En el horizonte cada vez más próximo a la mitad del siglo XXI, la inversión extranjera ya no es solamente estadounidense y va mucho más allá de la minería y de la producción bananera. Han llegado capitales de grupos económicos de México, Colombia, España, El Salvador, Guatemala, Italia, Alemania, Países Bajos y Canadá, entre otros.
El capital transnacional diversificó sus inversiones en territorio hondureño instalando empresas tabacaleras, cultivo de otras frutas (p.e. piña y melón), embotelladoras de refrescos y cervezas, fábricas de manteca, aceite vegetal y jabones; asimismo, fundó bancos, aseguradoras, hoteles, compañías de transporte, otras explotaciones agrícolas, transformadoras de productos plásticos, importadores/distribuidores de combustibles, etc.
Simultáneamente, se fue estructurando la institucionalidad estatal, quizás más por inercia que por fortaleza de una visión nacionalista. Por tutela internacional fue llegando la democracia formal coincidiendo con la diversificación más profunda de las inversiones extranjeras como el ensamblado de productos textiles y automotrices, cadenas de supermercados, telecomunicaciones, fábricas de cemento, alimentos para personas y animales, explotaciones marítimas, servicios tecnológicos, intermediación financiera, etc.
Las ganancias repatriadas de las inversiones extranjeras -directas e indirectas- siguen siendo buenas como en los años setentas y ochentas. La balanza de pagos en rentas sigue registrando montos mayores a los US$1,500 millones anuales de excedentes superando lo que ingresa al país como flujo anual. Ese mismo flujo que se derrumbó a partir de 2018-2019 a menos de US$500 millones.
Mientras tanto, las corrientes mundiales de capitales no se interesan mucho por países como Honduras. Se inclinan por ir más a México, Brasil, Chile, Dominicana o Costa Rica. Se animan cada vez más por países asiáticos. Finalizando el siglo XX, el flujo anual de inversiones mundiales rozó el billón de dólares estadounidenses (un millón de millones). La entrada al nuevo siglo marcó un ascenso sostenido en la primera década alcanzando 1.7 billones de dólares en 2007.
Después de altibajos, en la segunda década del presente siglo se alcanzó la cúspide de los 2 billones de dólares. De 2015-2016 en adelante, hubo un declive persistente de los flujos de capital cayendo estrepitosamente en el año 2020 como claro resultado pandémico. Mientras tanto en Honduras, los flujos anuales de IED normalmente habían estado entre los US$1,100 a US$1,200 millones, luego se derrumbaron a la mitad debido a la crisis del golpe de Estado de 2009. Hubo recuperaron en los años subsiguientes. Volviendo a caer de nuevo a la mitad de ese umbral a partir del año 2018 a unos US$500 millones. Sigue entonces ver no solo el flujo sino también el acervo de la inversión extranjera y otros aspectos.