Dijo el artículo anterior que la inconsistencia opositora facilitó la reelección presidencial, denunciada como inconstitucional por la propia oposición, antes de las elecciones.
El competir en las elecciones que había cuestionado, la oposición perdió legitimidad. Quedó en evidencia una caída generalizada en la credibilidad del sistema político.
Parece que todos calcularon mal, pero, hasta aquí, esta sería jugada corriente en el engramado político nacional, como fue, hace unos años, el intento de un presidente liberal, aliado –nada menos– con el máximo líder del Partido Nacional, para dar un golpe de estado desde el Congreso, que fue abortado por el ejército en plena sesión. Propósito: continuismo del presidente y siguiente período para el Partido Nacional.
El caso es hoy distinto, porque no se trata solo de la lucha partidista tradicional, sino también del abismo que separa al estamento político de las juventudes de todas las tendencias, acercadas por sus necesidades, anhelos y frustraciones, y alejadas de los partidos porque no se sienten representadas por ellos.
La citada fractura estructural que cuartea la sociedad, comenzó cuando fueron desestabilizados sus cimientos, en 1990.
En ese año, el presidente Callejas impuso sus reformas mal llamadas neoliberales, injustas y dolorosas, pero necesarias desde hacía unos diez años.
Las reformas fueron hechas sin tomar medidas apropiadas para mitigar el daño a las mayorías, en especial a la clase media. Este fue el primer golpe a los frágiles cimientos de la sociedad.
Una vez ajustada la macroeconomía, no se pasó a las reformas sectoriales, algunas tan urgentes como la energética y la de telecomunicaciones. Esta segunda falla trajo consecuencias mayores.
En pocos años la desigualdad social creció y golpeó con dureza a la clase media.
Entonces los mejor educados, empleados por los sectores de rápido crecimiento, subieron sus ingresos y pudieron educar bien a sus hijos. Nació la clase media alta entre los profesionales especializados.
Pero quienes perdieron su empleo o no lo consiguieron –la mayoría menos educada– quedaron fuera de la economía. No pueden dar a sus hijos la educación que ellos no recibieron.
Ambos grupos han reaccionado de manera diferente. En 2009, los afortunados (camisetas blancas) defendieron el golpe.
Los infortunados, en cambio, apoyaron a “Mel” en las calles, porque esperaban de él una salida.
En 1990, Honduras tenía unos 4.5 millones de habitantes. Hoy, tiene unos 9.3 millones. Ni la producción ni el empleo han crecido en forma tan rápida como la población.
Los jóvenes que en 1990 tenían 18 años, hoy tienen 46 años. De los que nacieron en 1990, ninguno tiene más de 28 años. Como mayoría han sufrido el desempleo y la falta de oportunidades. Los jóvenes no luchan ahora para escalar posiciones en la sociedad, sino para sobrevivir.
No obstante, la clase media alta también está inquieta, porque tras la incertidumbre y la convulsión social, siempre está la amenaza del desempleo.
De manera que una solución de la crisis deberá incorporar a las mayorías juveniles que, deprimidas, sin expectativas, dan la espalda a los partidos políticos.
Somos un intento de democracia que ha roto el fiel de su balanza: la clase media es el equilibrio político entre los que no tienen nada y los que tienen mucho.
Aquí ha habido errores y vicios compartidos, muy antiguos, que en la tradición política se rigen por el cínico principio de que “si lo hace el adversario, es malo, pero si lo hace mi partido es bueno”.
O, como dijo el humorista Groucho Marx: “Si no les gustan mis principios, tengo otros…”.
Reza mejor, y alienta, que “solo una política solo una política honesta es una política democrática”.
Si la concertación, o el diálogo, se hacen de cara al pueblo hondureño, pronto veremos cuál de los lemas, y cuánta sensatez, inspiran al liderazgo político.