Columnistas

Gentes inmorales

La dictadura quedó desprestigiada, ni con fraude gana las próximas elecciones. En diez años mostró la suma de vicios a que puede acceder el ser humano y, en particular, el tamaño con que anidan en hombres (y algunas mujeres) el pecado de la codicia y la horrible e insociable falta de solidaridad. Usurparon el poder para explotarlo, exprimirlo y expoliarlo y suerte tenemos de que fracasara rotundo su proyecto de venta de la soberanía mediante ciudades modelo y que moderara su atigrado instinto de represión, ya que al compararla con otros gobiernos autoritarios no mató tanto a bala aunque sí por hambre. Tal “mérito”, que es chispa en hoguera, proviene más de la resistencia ciudadana que de sus propósitos.

Otras características que modelaron al régimen fueron su mediocridad y corrupción, esta última inédita en la historia nacional, ya de por sí pérfida. No hay un solo ministro distinguido, mientras que siete de diez fueron ladrones, sin iniciativa ni post modernidad. La jerarquía católica se zafó de ese abrazo de vicio, el que corrieron a ocupar sectas y evangelistas, reaccionarias como la curia franquista en España, donde los ministros, como aún en Perú, se juramentaban genuflexos ante un crucifijo. Los pastores entendieron que el sucio dinero limpia conciencias y que su alianza con lo militar conjuntaría de perlas a garrote y superstición. Divina fórmula de “éxito”; conviene acuñar un nuevo término: pandilleros religiosos.

Hay un bello poema de Jaime Fontana que debería pronunciarse en cada escuela y que se titula “Este volver a Honduras”, lo que será tierno y a su vez triste. Y se le cita porque así tendrá que ser la faena de rescate que nuevas fuerzas, lejanas del vil bipartidismo, deben emprender de inmediato. Una labor de reconstrucción patria donde deben imperar el amor pero no el olvido, la justicia aunque no la crueldad, y que sobre todo debe prevenir la rotura del Estado, ya de por sí débil a manos de estos canallas.

Va a ser la redefinición moral a que debe someterse una sociedad anchamente apática, permisiva y casi apátrida, pues buena parte de cuanto ocurre proviene de su sumisión. Si hubiera actuado digna, irascible e incluso constructivamente violenta, el derrumbe ético que motiva el cachurequismo difícilmente se hubiera dado. Resignificación estatal absoluta, esta, con planes científicos de desarrollo y con veedores morales no vinculantes ––algo jamás visto–– por cada ministerio. Veedor para salud será el colegio médico, y para finanzas el de economistas; gremios afines vigilarán educación, la facultad de ingeniería supervisará los contratos de la secretaría de obras públicas, el de defensa a cargo de la Conferencia Episcopal, y así. Entre más barreras se alce a los corruptos menos serán tentados, menos lucrarán. Al código de comportamiento ya escrito para cada funcionario público lo validarán estos veedores.

Nada es superfluo pero nada más profundo que el conocimiento de que los villanos malearon a la comuna nacional, la pervirtieron generando modelos de mal y que si no los encarcelamos o exilamos, tanto en cuerpo como en ejemplo, de poco servirán cualquiera alianza o cualquiera oposición. El impacto de los cambios morales no es a pretérito sino prospectivo.