En esta oportunidad quiero reconocer el trabajo que realizan los fiscales del Ministerio Público y en especial aquellos íntegros, honestos, que trabajan limpia y literalmente con las uñas, para hacer que se aplique el imperio de la ley en diferentes casos que llevan a lo largo y ancho de Honduras. Los fiscales de esta institución son hondureños de carne y hueso, con familia, con necesidades, seguramente mal pagados, muchas veces sin logística y con un riesgo latente a su seguridad personal y familiar por los casos que llevan día a día. Hace algunas semanas, por coincidencia, tuve la oportunidad de conversar con uno de ellos asignado en un lugar remoto de Honduras, al que denominaré como fiscal de Yusguare. El nombre de Yusguare no va asociado al caso ocurrido hace algunas semanas, donde sus pobladores tomaron justicia por sus manos, sino porque es la tierra donde nació este ciudadano. Eran aproximadamente las 11:00 de la mañana cuando caminaba por una ciudad de Honduras a comprar un tiempo de comida. Llegué al restaurante y observé el menú, pedí una comida hecha en olla de barro. Me sirvieron aquel suculento plato y busqué una mesa para saborearlo. Llegué y pedí permiso; me senté y en aquella mesa estaba una mujer de tez trigueña, muy guapa, por cierto; era la fiscal de Yusguare. Saludé como es de costumbre y enseguida hubo química, y comenzamos a conversar sobre temas de la realidad nacional. Ya que la plática estaba muy amena le pregunté. ¿Cuál es su profesión o a qué se dedica? Me dijo soy fiscal del Ministerio Público. Debo reconocer que no soy muy afín a este tipo de profesión por el nivel de polarización que tenemos en Honduras. Al escuchar que trabajaba para el Ministerio Público, volteé a ver alrededor y pensé que, al ser fiscal, debía andar con guardaespaldas o alguien que lo protegiera. ¿Le pregunté cómo era la vida de un fiscal en el Ministerio Público? Es una profesión muy peligrosa, me contestó, pero el tiempo me ha permitido adaptarme a esta realidad de Honduras. Me contó que estaba de turno y asignado recientemente en la ciudad, por que sus compañeros habían sido amenazados por casos de alto impacto que llevaban en la zona, y los mandos superiores tuvieron que asignarlos a otra zona. Le pregunté, en mi ignorancia, usted después de una audiencia, ¿sale por el mismo lugar y sin guardaespaldas por donde están los imputados o los familiares? ¿No le da miedo que alguien pueda actuar en su contra con los casos que lleva? Me dijo: salgo muchas veces por el mismo lugar, hay veces que me voy caminando de la oficina del Ministerio Público al juzgado, donde tengo las audiencias. Me contó que en la oficina tenían asignado un carro, pero como se ocupa para hacer todo, muchas veces el motorista no le ajusta el tiempo para llevarlos a los juzgados. “Ya es hora de irme”, me dijo, “a la 1:30 PM tengo una audiencia y tengo que caminar rápido, porque tengo que ir a la oficina primero”. Me despedí y le dije: DIOS guarde su vida y la de su familia.
Si esta es una de las tantas situaciones que enfrentan los fiscales, no quisiera saber la situación de los jueces o los testigos que van a declarar contra un imputado. Es importante el fortalecimiento y apoyo de las fiscalías que llevan casos penales o de alto impacto. Es importante que las autoridades y la sociedad se den cuentan de lo vulnerable que son los fiscales. Es importante tener presente, que, de acuerdo con la ley, el MP debería contar con el tres por ciento del Presupuesto General de la República, por lo que se podría mejorar el ambiente de trabajo de los fiscales.