Se dice de alguien que está descompasado cuando actúa fuera de lo que la sociedad considera normal, de lo que es tolerable y ha llegado a un punto en el cual su funcionamiento pone en grave riesgo a los demás. Es aplicable a las sociedades. Lo que ocurre en Honduras es descompasado, el presente gobierno presidido por Juan Orlando Hernández ha llevado al país por encima de los límites medianamente aceptables.
Que la familia presidencial esté involucrada en un proceso de investigación y en el caso particular que al hermano del presidente, en los últimos días, lo hayan declarado culpable del tráfico de drogas es una situación muy grave para la nación, por más que se quiera minimizar.
Este no es un tema que se pueda explicar y resolver atribuyéndole a la oposición la responsabilidad de todo el descrédito sufrido por la institucionalidad. En otro país, este bochorno nacional se resolvería con una salida del gobernante, dando espacio para una recomposición del gobierno. Sentí tristeza y disgusto en el desfile de las Fuerzas Armadas el pasado 19 de octubre.
Parte del equipo que se haría presente en el bulevar Suyapa quedó en el camino, al menos cinco tanquetas y otro tanto de camiones militares quedaron varados en el anillo periférico, con soldados protegiéndolos.
Estaban en mal estado, claro, es equipo inferior al que se utilizó en la segunda Guerra Mundial, obsoleto, sin mantenimiento; probablemente ya sus piezas de repuesto ni siquiera existan. Sin embargo, tenemos un presupuesto elevado para defensa. Caballos famélicos hicieron la delicia de inocentes niños que acudieron al desfile.
Mientras tanto, lujosos, briosos y elegantes corceles están en cantidades abundantes en haciendas de algunos diputados, algunos generales y miembros prominentes del Ejecutivo. La pérdida de la institucionalidad no ha ocurrido por generación espontánea.
Para gobernar, lo entienden los que están al frente del gobierno, hay que destruir, destruir las instituciones responsables de darle cierta estabilidad al sistema. Ahí tenemos un Congreso de diputados cuya representación del partido de gobierno y otros que han sido cooptados por la ambición desmedida de dinero y poder no les da ni frío ni calor, no se inmutan cuando diputados opositores, o gente del pueblo, en la calle, les gritan ¡ladrones!, han perdido hasta la vergüenza. Siguen creando murallas legislativas para blindarse de impunidad.
Con puntos de una agenda programada se ha dividido todo, los partidos políticos, en los cuales no han podido sembrar la semilla de la discordia, los han comprometido con arreglos en la distribución de chambas.
Lo que más les ha resultado es esa división del Partido Liberal, otrora fuerza política capaz de disputarle el poder al Partido Nacional. Se dieron cuenta que una forma de mantener con bajo perfil al partido rojo-blanco-rojo era manteniéndolos en disputa permanente. Eso se lograba negociando el poder con una parte de esa organización.
Los arreglos entre políticos inescrupulosos son el recurso que intenta salvar a los que se han sobrepasado en el manejo de los recursos del Estado.