Noviembre no era un mes particularmente especial, excepto para quienes cumplían años o les salía algún viajecito. Al contrario, todos querían apurarlo para que llegara diciembre con sus aguinaldos, vacaciones, Navidades y fiestas de fin de año. Pero la globalización sigue exportando sus hábitos de consumo y nos trajo el celebérrimo Black Friday, para animar una temporada de pocas ventas.
Se está volviendo una costumbre, también relativamente nueva en el país donde fue creada, Estados Unidos. El Black Friday entusiasma porque parece que tiene unas ofertas inmejorables, pero muchas señales nos alertan y recuerdan distinguir el oro entre todo lo que brilla; porque, la verdad, así como se consiguen baratísimos increíbles, también hay barateado con trampas, solo hay que pasar antes para comparar precios después.
Comenzó en los grandes almacenes, que apartaron alguna mercadería o sacaron de las bodegas la de poca venta, pusieron grandes rótulos, bulliciosos parlantes en las entradas, abrieron hasta medianoche y comenzó el movimiento desesperado de los clientes. Como toda moda se esparció rápidamente, y los pequeños comercios se han tenido que sumar para lograr algo en la feria.
¿Qué significa para nosotros el último viernes de noviembre? Nada. Para los estadounidenses, mucho. Es el día después de Acción de Gracias, su fiesta familiar, nacional. Aprovechando emociones y para inaugurar la temporada de compras navideñas, las tiendas abaratan sus precios. Algunos creen que el término “viernes negro” evoca una crisis económica de mitad del siglo XIX; otros, que desde los años 60 se refiere a los negocios que salen de número rojos; y desde los años 70, por el congestionamiento y el caos que ocasionan las ofertas.
Frente a la avalancha humana, que se aglomera en las puertas de las tiendas antes de que abran, y luego que la gente se pelea adentro por los productos, como si fueran regalados, los comerciantes descubrieron fascinados una mina inagotable, así que el viernes se extendió hasta el Black Weekend, tres días, y la semana entera, para hormiguear en los centros comerciales, comprando hasta lo que no se necesita, solo porque está en oferta.
Los mexicanos, que recelan de sus vecinos estadounidenses, mejor crearon su propia jornada de rebajas, aunque coincide en las fechas, y le pusieron “El buen fin”, hablando del fin de semana. En Centroamérica y América del Sur comenzaron a descubrir el Black Friday hace unos ocho años, pero se logró consolidar desde 2015 en casi todos los países. También la ola comercial cruzó el charco y está inundando algunos países, con la habitual cautela de los europeos.
¿Hay rebajas de verdad? Bueno, lo que hemos visto, algunas tiendas de ropa, sobre todo la que fabrican en San Pedro Sula bajo franquicia internacional, descuentan bastante; igual algunas zapaterías, supermercados, cafeterías, restaurantes; y descubrimos sorprendidos que algunos almacenes de electrodomésticos bajaron ciertos productos, algunos desactualizados, pero encarecieron otros.
Está claro que las tiendas no son para hacernos felices a nosotros, sino para ganancias de sus propietarios, y poner rebajas del 70% sin quebrar tiene que compensarse de alguna manera. Así que no se puede ir por ahí confiado de todo, con un poco de atención se puede aprovechar lo que de verdad está en rebaja y que lo necesitemos, si no, no.
¿Qué puerta tocamos? Ministerio de Desarrollo Económico o Fiscalía. Falta autoridad diligente, que revise precios, contraste; que nos salve de publicidad engañosa, ofertas tramposas, productos desfasados, para que ese dinerito que cuesta un mundo ganar no se desperdicie como si fuéramos sultán de Brunei.