Todos quisiéramos desarrollarnos en igualdad de oportunidades. Que si unos tienen más que otros, en lo económico, en preparación, sea por su esfuerzo y talento, no por la desigualdad de oportunidades. Sin actividad delincuencia que amenace, agreda y hasta la corrompa. Una desigualdad, fuente de injusticia y de dolor, todo evitable con equidad. Debe ser el alma de la legislación y lo que se espera de los legisladores, la garantía de igualdad entre todos, con el estandarte de la justicia que reconoce y hace respetar el derecho que a cada quien corresponde, sin discriminación ni ventajismos ignominiosos.
Es el ideal. Desarrollarse, sí. También competir, en todos los aspectos humanos, en equidad, que significa igualdad de oportunidades. Solo diferenciados, se repite, por el esfuerzo y el talento. Igualdad se exige sea uno de los pilares de las competencias político partidarias, en las que elegimos a quienes conducen los destinos de nuestra nación. Con mayor razón, cuando, para efectos prácticos, en las elecciones internas y generales, los ciudadanos decidimos nuestro porvenir, el de cada uno.
Aunque el individualismo nos diga, que podemos solos, que logramos lo que decidimos alcanzar, contra viento y marea si nos determinamos a hacerlo, que no dependemos de nadie, la realidad dice que todo lo que hagamos para prevenir y resguardarnos resulta insuficiente cuando lo que debemos es poder decidir quién nos dirija, en equidad y libertad. Se espera que en lo general y en lo específico podamos decidir en esa equidad.
En lo político también resulta indispensable. Si reclaman la renuncia del titular del Partido Liberal para que presente su aspiración presidencial en igualdad de oportunidades no es nada personal, es lo congruente con un liberalismo idealista pero agotado en los abusos de sus dirigentes. El liberalismo padece una implosión cebada por la miopía de quienes han tenido la obligación de engrandecerlo. Los que más le deben. Es obligación el intentar que rectifiquen.