Ocurrió en Estados Unidos, pero sin duda tendrá repercusiones en todo el mundo y, cabe esperar –la esperanza es lo último que debe perderse–, que estemos ante el inicio de mejores prácticas de los gigantes tecnológicos, esos que crearon lo que en un inicio todos aplaudimos: las redes sociales (Facebook, Instagram, YouTube, Snapchat y X, entre otras).
El problema de fondo es que, aquello que en un inicio parecía un medio de comunicación armonioso que ampliaba la libertad de expresión, pronto se convirtió de manera intencional en una adicción, al mismo tiempo que abría las puertas para delitos cibernéticos, acoso a jóvenes y el consecuente daño a la salud mental, sin olvidar la enorme desinformación que causan.
Hace pocos días se conoció que, para evitar la exposición en un largo juicio, Meta, la casa matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp, prefirió un acuerdo extrajudicial con un bloque de 45 estados de EEUU, el cual consiste no sólo en el pago de más de USD17 mil millones de dólares, sino también al compromiso añadido a realizar “cambios” en sus plataformas, a fin de poner fin a una serie de prácticas que impulsaron el crecimiento de sus audiencias por medio de una adicción creada por el scroll infinito y ciertos algoritmos que perjudican a todos los usuarios, pero especialmente a lo jóvenes menores de 17 años.
En el juicio, los fiscales estaban preparados para demostrar que el diseño de funciones adictivas ha sido intencional y que el resultado es la provocación de crisis de ansiedad, depresión, trastornos alimentarios y tendencias suicidas en menores, entre otros daños a causa del uso constante de sus redes sociales. Meta sabía que todo sería probado científicamente y prefirió el acuerdo y modificar sus prácticas dañinas, a exponerse por meses ante la opinión pública global.
Hay una parte positiva más en este acuerdo: Meta condicionó un 30% del pago a que se obligue a sus competidores (TikTok, YouTube y demás), ha corregir sus propios algoritmos y prácticas, ya que son parecidas e igualmente adictivas y peligrosas para los usuarios, especialmente los jóvenes.
Busqué algún estudio sobre esa adicción que se crea en los jóvenes y los resultados –que comparto con mis lectores– son interesantes: el 47% de los adolescentes –entre 13 y 17 años –los famosos teen–, reconocen estar “casi constantemente” navegando en las redes sociales. Un 30% de jóvenes reconoce que no estar en las redes sociales aumenta su ansiedad o temor “a estar perdiéndose de algo”. Datos de UNICEF revelan que cada vez el primer contacto con internet y las redes sociales es más temprano: entre 9 y 11 años es lo “normal” para iniciar el contacto con las redes sociales; lo malo es que casi siempre es sin supervisión de los padres. Lo que la mayoría busca, es aprobación y socialización.
En Estados Unidos también hay estudios clínicos basados en investigaciones durante largos períodos. Lo que demuestran, es que entre los efectos que se han registrado en jóvenes, están los trastornos del sueño y alimentarios, rebaja de la autoestima, aumento en los índices de depresión clínica en adolescentes e incluso el incremento en las ideas suicidas entre menores. Todos estos estudios sirvieron de base para las demandas contra Meta.
Ahora cabe preguntarse: ¿Qué estamos haciendo en América Latina para regular y controlar las redes sociales? Sin duda no lo suficiente. Australia marcó la pauta al aprobar una ley prohibiendo el uso de redes sociales para menores de 16 años y varios países y estados de EEUU han seguido sus pasos. En nuestra región hay esbozos de intentos legislativos, pero no lo suficiente para el riesgo que las redes sociales representan.
Algunos ejemplos. En el llamado “triángulo Norte de Centroamérica” –Guatemala, El Salvador y Honduras– no hay iniciativas aprobadas ni debates sobre el tema de la prohibición, aunque si se ha buscado o discute sobre modificar los códigos penales para delitos como el ciberacoso o la extorisón, pero no se ha buscado crear responsabilidad en las plataformas misma. Al fin y al cabo, debieran garantizar la seguridad de sus usuarios, no exponerlos.
Más o menos en lo mismo está República Dominicana, mientras que Puerto Rico sí ha tenido avances legislativos en la dirección correcta de prohibir su uso en jóvenes. En el Cono Sur, países como Paraguay y Perú mantienen una discusión parlamentaria, pero los límites parecen quedar en el uso de celulares en los recintos escolares. Hasta ahora han dejado a un lado el tema de la adicción, pero es posible que en todos estos países cambie la tónica tras el reconocimiento de Meta sobre su responsabilidad en crear adicción.
Muchos ven, y no están lejos de acertar, que la actitud de los gigantes tecnológicos es similar al de las grandes tabacaleras, que sabiendo que creaban adicción, vendían los cigarrillos sin advertir al público... Cosas pasan y cosas vemos. Hay mucha tarea por hacer sobre redes sociales, adicciones y la gran desinformación que llevan y traen.