El oso y la monja” es un texto que usted puede encontrar fácilmente en internet y aunque su intención original diste un poco de la exégesis que intentaré hacerle en estos párrafos, es un texto apropiado para la actualidad, tal vez de las pocas respuestas tranquilizadoras y verdaderas en medio de la incertidumbre. Se trata de un texto escrito por Timothy Radcliffe, un sacerdote dominico quien fue superior de dicha orden religiosa.
El texto está dirigido a las personas de vida consagrada, de hecho, tiene como subtítulo “El sentido de la vida religiosa hoy”, pero es analizable en otro contexto. El escrito lo puso en mis manos uno de los mejores profesores que he tenido en mi vida, Lorenzo Pérez de Eulate. Hacía yo mi primer año de estudios con la congregación salesiana, pero vamos al texto. Radcliffe coloca de frente a dos personajes: un oso y una monja. El oso surge de la contemplación de un cartel publicitario en la ciudad de Roma en el que se muestra al animal como representación de un mundo voraz. La representación del éxito tal cual lo concebimos. El otro personaje es una monja como contraposición al oso. La monja celebra, en el silencio del claustro, iluminada solamente por un cirio, la Pascua.
La vida de ella continúa a pesar de lo que pase en el mundo exterior y nadie le puede robar el sentido a su vida. Se ha despojado por su condición de vida de todas las dolencias que implican las carreras, el poseer, la necesidad de destacar: ella simplemente está. Si todo se llegara a perder en el mundo, los que son como la monja serían los que menos perderían.
En cambio, el oso está supeditado a lo que le ordene el mundo, su vida puede carecer de sentido en el momento en el que todo se venga abajo. Me llama sobre todo la atención cómo concluye la parte del texto donde explica la historia. En una visita a Latinoamérica, él esperaba encontrar una juventud desanimada, por la situación que ya a finales de los años noventa se vivía, sin embargo, aún había sueños, porque las utopías habían desaparecido. El mundo moderno nos ha colocado en muchas utopías: en la utopía del crecimiento económico, en la utopía del hombre exitoso, en la utopía de las humanidades y la ciencia, en la utopía de la fama y en otras tantas en las cuales nos gastamos la vida entera en su búsqueda y realización. Cierra el último párrafo de la segunda parte del texto con una cita de Frey Betto: “Hoy para crecer en la justicia y en la paz es necesario ser místico”. Lógicamente no todas las personas pueden hacerse religiosos como la monja del relato, primero porque hay diversidad de religiones y segundo porque también es necesaria la contraparte secular. Lo que quiere decir es que la paz y la justicia no se lograrán con la escala de valores actual. Deberíamos preguntarnos como humanidad por qué nos preocupa la economía.
¿Por qué habrá personas que se mueran de hambre (entonces hace siglos debería preocuparnos, y mucho) o por qué el mundo tal cual lo conocemos podría ya no ser así y eso que le da sentido a nuestra vida podría ya no estar allí? Tenemos miedo de que se inviertan los valores y eso que nos costó tanto esfuerzo porque el mundo decía que estaba bien conseguirlo ya no sea lo importante. En estos tiempos, los más espirituales son los menos preocupados, lo que hace feliz a su corazón no se lo puede llevar una pandemia.