Columnistas

El complejo Caribe

En 2002 participaba yo en un congreso de literatura convocado por el Zentralinstitut für Lateinamerika-Studien de la Universidad de Eichstätt, en esa misma urbe alemana, y recuerdo que comencé mi exposición con nostalgia de mi patria hondureña y particularmente de su mar Caribe, al que tan armoniosamente cantó Guillermo Ánderson, de quien conmemoramos hoy su quinto año de ausencia.

“Durante el pasado equinoccio de Primavera -dije- asistí en la ciudad de La Ceiba, litoral Atlántico de Honduras, a la inauguración de la Casa de Cultura con que el pintor Julio Vizquerra abría al público una nueva opción de desarrollo intelectual. La Ceiba, a 403 kilómetros de la capital Tegucigalpa, es un puerto de 300,000 habitantes sumamente alegre donde se dice que el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob concluyó su ‘Canción a la vida profunda’, donde José Martí conferenció con sus convidados a la revolución, temporalmente residenciados en Honduras -Máximo Gómez, Antonio Maceo, Flor Crombet- antes de emprender la gesta final; o en que nació uno de los más vigorosos enclaves de ascendencia árabe asentados en América, y una ciudad que curiosamente lleva el nombre del árbol sagrado de los mayas (Ceiba pentandra), que estos consideraban como puente gnóstico entre realidad visible e inframundo”.

“Los actos de inauguración incluyeron la presentación de un exquisito violinista nacional, Fernando Raudales, así como de una pianista salvadoreña y un tenor guatemalteco, quienes debieron competir con el oleaje cercano para hacer oír sus melodías clásicas. Luego el cantautor Guillermo Ánderson interpretó diversas composiciones a ritmo de punta y reggae; más tarde ocupó el improvisado escenario un cuadro local de ballet y el acto finalizó con doce bailarinas de raza negra, todas ellas de la tercera edad, que forman el grupo de danzarinas de Sambo Creek, una villa poblada por descendientes de garífunas deportados por los ingleses a costas de Honduras desde la pequeña isla de San Vicente en 1796”.

“En esa cita se hablaba español, inglés, francés y garífuna, y un médico alemán, Sigfried Seibt, conversaba con su nieto instruyéndolo en ese idioma. Los invitados consumían vino galo, ron de Cuba, whisky escocés o cierto ponche que debía estar incendiado con aguardiente local. Al concluir la velada se descubrió una hermosa fuente de paté de foie que los invitados no vacilaron en acompañar con cazabe, una especie de tortilla costeña mayormente elaborada con pasta de yuca”.

Años después supe que el Caribe no era tan poético. Yendo y regresando del congreso de academias de la lengua en Puerto Rico la agitación de aquel mar tan noble como subversivo casi hace vomitar. Los vientos alisios del este sacudían al avión como paja en tormenta, gaviota lunar, y amenazaban a los corazones escapar por la boca. Añoré entonces la canción heroica que Guillermo interpretó cuando fuimos a presentar el libro “Del tiempo y el trópico” en la editorial Kit Publisher en Ámsterdam y que memora… “Estos marineros lo han nombrado Capitán / de esa nave que se llama Centroamérica. Hoy va a andar el rumbo que le toca navegar / sobre la ignorancia y las olas coléricas. Morazán se llama el capitán…” El tiempo es solo engaño de la imaginación.