Columnistas

Del pensamiento profundo

Cuando Schopenhauer (autor del pesimismo filosófico y entre los primeros que se declaró ateo) decide trabajar, pues un mal banco le quiebra la economía, su inicial intención fue enseñar filosofía en la universidad de Berlín. Pero para ese instante (1840) ya existía un brillante profesor que convocaba a su auditorio masas de alumnos y catedráticos y que era el romántico Georg Wilhelm Friedrich Hegel, idealista de hondo optimismo en el progreso de la humanidad y cuya “astucia de la razón” y el desarrollo de los ciclos dialécticos (que luego Marx sobrepasa) sorprenden al inquieto numen alemán. Ambos son rayos opuestos, contradicciones ideológicas pues mientras Hegel ve que el mundo nace, Schopenhauer lo sepulta.

“La existencia es la razón perfecta”, sentencia Hegel. Schopenhauer opina que este mundo es lo peor -dicho sencillamente- y que el Estado es sólo un mal necesario.La Europa de entonces borbollaba en chispas espirituales, la búsqueda del intelecto era incandescente pero que luego llevaría a consecuencias políticas poco advertidas aunque factibles (fascismo, socialismo, autoritarismo, ocaso de las democracias). El espectro de una generalizada guerra mundial abría ya las cortinas del escenario.

Estudiando aquel chirriar de aspas mentales, molino de los vientos de la concepción ideológica que atenazó a más de una generación desde el siglo XIX al XX, y que desencadenó la peor matanza conocida por la humanidad (ver la película “1917”), no queda sino preguntarse para qué sirvieron las cuestiones intelectuales sino para exacerbar el destino humano.

Pero aunque eso pareciera dañino no lo es. La persona debe cuestionar (an english verb) su existencia, estado y situación permanentemente (tal es filosofía) a fin de acceder al conocimiento del todo o la nada, es decir de la tragedia o la felicidad. De la casi imposible felicidad. “El hombre está condenado a ser libre”, diría Sartre más tarde (1945).

Pero ello no ocurre en Honduras, no desde la década de 1970, cuando la pregunta sobrepasaba a la respuesta. De pronto este es un país que carece de pensamiento profundo y que se dedica más a la ligereza de la política, el chisme, el comentario y la frivolidad que a lo denso. Tras los estudios acerca de la identidad por autores que van desde Vallejo a Marvin Barahona, entre otros valiosos, el periodismo en particular se banalizó y tornó fútil, no importa que hayan aumentado las columnas de opinión pues estas no construyen sino que son con frecuencia instrumentos de ataque político y personal.

A esas huestes nimias se agrega por veces la academia pues, ¿cuándo fue la última vez que una de ellas publicó una obra de sentido pensamiento?

Pareciera vano pero saber lo que fuimos, somos y seremos los hondureños no es misión trivial. Lo atestigua la repetida frase de que pueblo que ignora su historia -júbilos y traumas- se entrega, es débil para defender su territorio. Territorio no sólo físico sino mental. Véase el caso palpable del miedo que se exacerba, casi diabólico, contra la necesidad de reescribir el más grande código de la nacionalidad, la Constitución, cuando en todas las tierras es acto vital de sobrevivencia patria. Redefinir quiénes somos es la clave para no morir socialmente.