Columnistas

Esta cuarentena que no fue ni de ocho ni de 14, sino que ya alcanzó y sobrepasó unos reales 40 días con sus noches, tiene que sacarnos lo mejor. Es que si no, ¿qué sentido tendría? Si ya nada volverá a ser igual, si hay que replantearse todo y reinventarse para estar al nivel de las nuevas exigencias, ser lo mismo, sin unos cuántos defectos de los que adolecíamos y unos buenos hábitos recién adquiridos, habría sido un desperdicio del tiempo más valioso, del que nunca nos imaginamos disponer.

El frenesí en que nos vimos a la caza de metas y mariposas, en obligada erosión, ya es el recuerdo que no buscaremos en la memoria ni añoraremos repetir. Darle el exacto valor a los bienes materiales y a los valores de la mente y del espíritu está siendo comprobado, por todos sin excepción, es el camino a la realización personal, sino a la felicidad. Y si aún no se ha permitido, lograrlo antes de doblarla.

Ahora que empezamos una segunda cuarentena, de las de verdad, es el desafío que no puede soslayarse. En lo individual y en lo colectivo. Nada que cualquier libro de autoayuda y superación no contenga. Y más sencillo, que no sea alcanzable también para el menos diestro o con menor espíritu de superación. No tenemos como Alicia que preguntarle a un gato a dónde vamos. Bien lo sabemos. Ahí adentro tenemos la respuesta. Ser mejores, ahora o después, depende de cada uno. No es asunto de dejar hacer ni dejar pasar. Menos a nuestros niños. La educación es asunto de todos los días. Formar, con amor y rigor, es la única forma de hacer buenas personas y mejores ciudadanos. ¡Cómo necesita nuestro país de buenos ciudadanos Con la verdad y su responsabilidad como garantía de solidaridad. Ciudadanos que velen por la cosa pública, sin hacer de una pequeña verdad una gran mentira. Requerimos comunicadores que señalen la corrupción para disuadirla y castigarla. Incluida la de sus amigos. Unos formadores de opinión en quienes podamos confiar. Que siempre nos digan la verdad.

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