Cuando la tierra tembló, el mundo no nos dejó solos

Cali amaneció partida. No solo tembló la tierra: tembló también la certeza de que la vida cotidiana es un dato adquirido, no un derecho garantizado

  • Actualizado: 24 de agosto de 2026 a las 10:03

Hay momentos en los que la tragedia abre, de manera paradójica, una grieta por donde entra la luz. El terremoto que sacudió al suroccidente colombiano no puede reducirse a una cifra en la escala de Richter ni a un balance frío de víctimas y daños materiales. Un desastre natural pone a prueba la capacidad institucional, la coordinación del Estado y la disposición de un país para pedir ayuda sin cálculo ni vergüenza.

Cali amaneció partida. No solo tembló la tierra: tembló también la certeza de que la vida cotidiana es un dato adquirido, no un derecho garantizado.

Para el nuevo Gobierno, el sismo es su primer gran examen. Y aquí conviene una comparación incómoda pero necesaria: durante buena parte del gobierno anterior, Colombia se automarginó de redes de cooperación internacional por prejuicio ideológico, priorizando afinidades políticas sobre eficacia humanitaria. Hoy, en cambio, el país reabrió canales con naciones cuya relación había sido distante o deliberadamente clausurada. La tragedia recordó que incluso en los momentos más oscuros pueden encenderse puentes que la política ordinaria se empeñó en apagar.

Cuando ocurre una catástrofe, las fronteras pierden peso y la geopolítica cede ante la humanidad más elemental. La diplomacia deja de ser retórica y se convierte en logística: coordinar vuelos, facilitar permisos, integrar equipos.

Esa ha sido la tarea de la Cancillería, bajo la conducción del canciller Ómar Bula Escobar, cuya gestión ha buscado devolverle a la política exterior colombiana un principio elemental: la cooperación no depende de la afinidad ideológica del gobierno de turno. La ayuda internacional no es condescendencia, sino reconocimiento de que ningún Estado está completamente preparado para enfrentar solo una tragedia de esta magnitud.

Israel, con décadas de experiencia en catástrofes complejas —de Haití a Turquía, de Nepal a México—, desplegó en Cali una brigada de 82 personas bajo la misión humanitaria Brit Re'im. No llegaron para posar ante cámaras. Llegaron a ingresar en estructuras colapsadas y buscar sobrevivientes con la misma disciplina técnica con la que Israel ha enfrentado su propia emergencia existencial. A esa labor se sumaron figuras como Roni Kaplan y Yossi Pinto, recordatorio de que la solidaridad también tiene un rostro humano que ningún protocolo alcanza a capturar del todo.

México hizo lo propio al enviar a los Topos Azteca. Quienes en 1985 necesitaron que el mundo acudiera a su territorio cruzaron ahora las fronteras para devolver aquel gesto. Los pueblos recuerdan la solidaridad recibida, pero también pueden transformarla en solidaridad ofrecida.

Para el Gobierno, el rescate es apenas el comienzo. Vendrá la reconstrucción de viviendas, hospitales y carreteras en el Valle del Cauca, y la pregunta que ninguna rueda de prensa logrará esquivar: ¿estaba Colombia preparada? Los terremotos no pueden evitarse, pero sus consecuencias sí pueden mitigarse. Esta emergencia debe servir para revisar los códigos de construcción sismorresistente, actualizar los sistemas de alerta temprana y profesionalizar los organismos de socorro —no como gesto reactivo, sino como política de Estado sostenida en el tiempo, mucho después de que las cámaras se hayan ido.

Algún día los equipos extranjeros regresarán a casa. Pero Colombia debería recordar quién estuvo presente cuando la tierra tembló, y quién se limitó a observar desde la distancia cómoda de la indiferencia. La diplomacia inteligente no consiste en tener amigos solo cuando todo marcha bien, sino en transformar la cercanía circunstancial en confianza duradera, construida escombro a escombro.

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