Pasó del optimismo al pesimismo, lucía preocupado y de pocas palabras, los periodistas se quedaron con las preguntas en mente, no dio espacio para dar respuestas a las interrogantes que dejaba en el ambiente. Durante muchas reuniones que algunos las definieron eufemísticamente como prediálogo, nadie quería que a las mismas se les calificaran como diálogos.
Diálogo era una palabra prohibida y peligrosa para la campaña de rechazo a todo un proceso electoral que había sido calificado por la oposición como fraudulento. Se trataba del representante permanente de las Naciones Unidas (ONU), señor Igor Garafulic, quien ha venido impulsando conversaciones con distintos actores de la política, agotado en su paciencia hizo su fugaz presentación ante los medios de comunicación para expresar, entre otras cosas, que “nos da mucha tristeza por el pueblo de Honduras, que no se merece lo que hoy ha sucedido”, para referirse a la postura de algunos representantes de los partidos políticos que se negaban a la presencia del oficialismo en las mesas de negociaciones y luego, con tono valorativo, señaló que la desconfianza y las descalificaciones se habían convertido en contrapesos de las condiciones que se deben dar para un diálogo efectivo.
El diálogo que se promueve en Honduras tiene, a mi juicio, algunos problemas de origen, la idea no surgió de los líderes políticos y sociales del país, surge como una propuesta de la comunidad internacional, lo cual no le resta valor, pero la debilita al no ser la expresión de la voluntad de los actores políticos de la nación.
Casi todos los gobiernos que reconocieron a Juan Orlando Hernández como el gobernante hondureño después de los comicios de noviembre del 2017, lo hicieron con la recomendación de que el mandatario reelecto impulsara un diálogo nacional sólido, llamamiento que fue atendido con algunas limitaciones.
El diálogo político iniciado gira alrededor de reformas que tienen que ver con los procesos electorales, pero en ningún momento, ni para el gobierno ni para la oposición, se han planteado cambios sustanciales en todo el sistema político. Tampoco se ha mencionado la posibilidad de establecer un diálogo robusto alrededor de temas sociales y económicos del país. Temas como la migración, seguridad, salud, educación, vivienda y seguridad alimentaria son ajenos a la voluntad de los negociadores.
La inmediatez en el afán por lograr o mantener el poder de la nación se ha convertido en el principal obstáculo en el diálogo. Para el gobierno entregar el poder antes de lo previsto por las leyes de la República es poco probable y para cierta oposición, sobre todo la más radical, negociar lo que ellos dan por resuelto en las elecciones es traición a la patria.
En el diálogo nadie quiere compartir responsabilidades, se busca usufructuar las canonjías del poder. Podrá darse el diálogo, pero los grandes problemas de la nación quedarán sin ser resueltos. Mientras la ambición está en el centro del debate, los problemas se agravan.