Columnistas

Creencias de Semana Santa

Mi abuela Francisca (Panchita) era una señora de creencias y de muchas historias. Y sobre la Semana Santa tenía más de una, las cuales yo durante mi infancia creí no sin temor; durante mi adolescencia ya las descreí y ahora como alguien que se dedica a las historias, las disfruto con especial entusiasmo y alegría.

La historia o creencia que tengo más presente decía que quienes se bañaban después de las doce del mediodía (o quizá era después de las tres de la tarde) del Viernes Santo se convertirían en una sirena. Nos lo decía para que nos bañáramos temprano y no perdiéramos el tiempo. Pensándolo bien, la evidencia (toda la gente en la playa) nos decía todo lo contrario, pero la duda, al menos en la infancia, estaba sembrada. Por supuesto, que con el paso de los años y la pérdida de la inocencia, todo se aclaró.

Igualmente, nos decía que si alguien se atrevía a trabajar durante el Sábado de Dolores, en lo que fuera, jalar un poco de leña, por ejemplo, quedaría tullido. Y a mí se me venían a la cabeza aquellos relatos bíblicos en los que un paralítico se le acercaba a Jesús y este lo sanaba. Más de una vez nos dijo que ese día ni siquiera los burros o los bueyes trabajaban. Afirmaba que lo que hiciéramos como labor se lo hacíamos a Jesús, por ejemplo, si clavábamos, era a Jesús a quien le insertábamos los clavos. Igualmente, si hacíamos alguna maldad, era como hacérsela a Dios.Mi abuela también nos decía que después de las doce del Viernes Santo (o las tres de la tarde, tengo la misma duda), el Diablo andaba suelto. Yo no sabía muy bien lo que eso significaba, me preguntaba en mi inocencia si eso quería decir que se pecaba mucho o que muchas cosas malas les podían pasar a las personas.

Por supuesto que todas estas cosas las decían mientras lavaba y limpiaba afanosamente el pescado seco para la sopa, o mientras deshacía el dulce para las ciruelas en miel. Puedo imaginar que, aunque lo decía con toda seriedad, se reía de sus nietos por creer tales cosas.

Por la naturaleza de los días se comentaba, entre otras, la historia de cómo surgió el mal y el infierno. Conozco desde entonces el relato de cómo Lucifer (el más hermoso de todos los ángeles) sintió envidia de Dios, quiso ser como él y por eso fue enviado al fuego eterno. De ahí se derivaban historias como la de mi abuelo Antonio, quien supuestamente ahuyentó al Diablo cuando este se le apareció después de una noche de copas.

También recuerdo, con muy poca precisión, alguna historia sobre Judas, el que vendió a Jesús; sobre Poncio Pilatos, el que se lavó las manos; y aunque fuera de otra época, sobre Caín, el que mató a Abel. Disfrutaba muchísimo la idea del errante. Estas ya eran historias, lógicamente, con un enfoque un poco más bíblico, y menos vivencial.

Viéndolo en retrospectiva, ella aprovechaba nuestra inocencia y todo el misticismo de la Semana Santa para enseñarnos, entre otras cosas, a seguir las reglas. Desde el punto de vista de la literatura oral eran historias fabulosas, es decir, aleccionadoras y moralizantes. El punto era siempre el mismo, hay que respetar las reglas, las tradiciones y las buenas costumbres, que es un común denominador en las historias sobrenaturales sobre seres malignos. Siempre que llega Semana Santa recuerdo estas historias y creencias, y redescubro su riqueza. Del mismo modo andarán muchas por allí, sin hacerse públicas, solo narradas entre familiares. Sin duda, una deuda literaria.