Aún es largo el camino a recorrer en la lucha por la esperada victoria sobre la corrupción. Aunque se ha avanzado. Pero ha sido tan grande y a veces surgida de donde menos se sospecha, que cualquier avance puede ser desilusión y ser imperceptible. ¿Qué tal que no hubiera existido la presión interna y la presión internacional? Sí, esta también nos cae remal. Pero ha tenido que pedirse, recibirse y agradecerse ante la falta de voluntad local de los políticos en el ejercicio del poder por eliminar el flagelo encadenante que le significa la corrupción a nuestro país. Cada persona es ella y sus circunstancias. Por eso es que para bien, hay quienes nos sorprendan gratamente y para mal, quienes nos decepcionen en lo más inesperado. Sin consideraciones sobre su pasado proceder, correcto o no. Es el actual lo que les valida. De lo anterior nada importa ante los efectos logrados. Lo único trascendental es que los operadores de justicia que tengan el deber de combatir la corrupción, lo cumplan. Que cada quien reciba el castigo que merece es un resultado. A nadie se quisiera ver en la cárcel. A ningún inocente, que es lo que son, si se les imputa delito que no han cometido o si a la letra de nuestra Carta Magna, no se ha sido sentenciado por tribunal competente. La lesionada presunción de inocencia, gritando. Pero lo principal que se persigue con la investigación, persecución, juzgamiento y castigo de los culpables de corrupción es disuadirles y disuadir a otros de cometerla y tan cardinal como esto es que se recupere la totalidad de los bienes hurtados. Y estos tres objetivos continúan siendo quimeras. La lucha contra la corrupción está amenazada con la neutralización en ciernes, de la Maccih. Pero quienes han sido puestos a la vanguardia en lucha tan desigual, fiscal Santos, fiscal Sibrián, dra. Calderón y fiscal Chinchilla, detentadores vigentes de la confianza ciudadana, tendrán que encontrar nuevas vías para cumplir con su deber. Y por esa confianza tendrán que lograrlo.