Columnistas

Carros blancos

Mientras los ciudadanos de a pie se enfrentan en su diario vivir a la vorágine de la criminalidad, enfrentando la muerte desde el momento que sale por la puerta de su hogar para internarse en la selva que en su voracidad va destruyendo la vida de miles, porque las bestias van de cacería obteniendo su cuota diaria; el derrame de la sangre vital de ciudadanos que apartados de los sistemas de seguridad deben hacer frente, en este coliseo donde gladiadores armados con espadas de madera, se enfrentan a bestias devoradoras de hombres. En sus discursos de mentiras creíbles -porque la política es el arte de engañar, haciéndote creer que todo es cierto-, y porque la enajenación nos tiene imbéciles por las palabras melosas que cada cuatro años van sacando del baúl como si fuese la Caja de Pandora, se bajan a los estratos humildes porque hay que hablarles zalameramente, endulzarles el oído con cuentos de los hermanos Grimm. “Hay que combatir la corrupción”, “haremos el gobierno más honesto”, “aquellos que roban y hacen acciones fraudulentas aunque sean de nuestro partido irán a las cárceles”, “habrá medicamentos”, “haremos revolucionar la educación”, “habrá trabajo para todos”, “ya nadie emigrará”, “los que están afuera regresaran a esta tierra amada porque la abundancia llegó”.

Y así, embobados, hacemos fila debajo del inclemente calor o la mañana fría o lluviosa; la esperanza brilló tenuemente, aunque ya está con estertores de moribundo porque cada año, cada gobierno, cada promesa hace palpitar a los corazones cansados de escuchar tanta mentira porfiada de estos que llegan al poder a joder, y se pasean como altas trameyas, escoltados con guaruras armados hasta los dientes, que hacen tocar las sirenas espantando personas y que los vehículos en tránsito les dejen el paso libre porque aquel funcionario deberá llegar temprano a la sede del ministerio asignado, y se sientan en sus sillones de piel traído de Europa y climatizando el ambiente empiezan a soñar y dicen para sí: si yo fuese presidente (a).

Ayer un pelado, hoy alta alcurnia, ayer vivía en la San Francisco, hoy en las altas colinas de la ciudad, ven desde sus techos de vidrio hacia abajo y ven un pueblo que se revuelca en su propio dolor, dolor de estómago porque tiene hambre, dolor porque no consiguió el medicamento prescrito, dolor porque su cerebro se venderá al mejor postor porque está casi nuevo porque las ciencias académicas no llegaron a este hermano, dolor de sentir cuando las balas traspasan los cuerpos enclenques porque son sombras de catrachos que se mueven en la penumbra de la violencia, que van sorteando a quien le toca el turno en la ruleta rusa de escoger la vida o la muerte porque diezmar hondureños es ahora un vicio adictivo.

Mientras los carros blancos se desplazan en las avenidas, bulevares y carreteras de nuestra patria, mientras sigamos siendo permisivos, mientras no demos el primer paso para que ya nos sigan pisando la dignidad del pueblo que lleva a sus “ilustres” hijos para que nos gobiernen con sabiduría y que el bien común se extienda como neblina que desciende de las montañas y nos cobija en las mañanas que nos invitan a mover los engranajes del desarrollo, los amos se seguirán moviendo en carros blancos blindados por la impunidad y la corrupción.