Columnistas

Canciones y vida

Como nunca se sabe cuándo es mutis o llamada última, cierre de telón, y como la existencia es cada vez más jabonosa y de riesgo, recomiendan los sabios poner ciertos asuntos en orden, como los de la herencia (si hay) a los familiares, el desorden de papeles, facturas y documentos en que vivimos, lo discreto e íntimo (viejas o recientes cartas de amor) y, particularmente entre quienes gozamos con ello, dejar por mandato que nuestros libros en vida acumulados pasen a una institución que los aprecie y use, ejemplo la biblioteca de UNAH-VS. Esto adquiere trascendencia ahora que pienso abandonar la literatura y dedicarme al arte más completo, que es la música.

En mi caso agregaría, para los nietos, la lista de canciones que me estremecieron, educaron como persona o templaron fibras de mi inocente sensibilidad. Agradecería a Jorge Sikaffy (RIP), empresario de las comunicaciones en Valle de Sula (la más tarde llamada Vica y la disquera Sindi) por haber, seis décadas atrás, dejado en la madrugada de un 31 de diciembre encendida la HRVW con un maravilloso concierto de la filarmónica de Londres que activó para siempre mi intuición estética. O al minidocumental que, exhibido en el cine Colombia previo a la película, hacía desplazar al son de Capricho Italiano (Opus 45) de Tchaikovski el nuevo tren trasalpino de Europa. Fascinaciones rítmicas y visuales.

A los doce años cantaba temas de Pedro Infante y del Charro Avitia, como a los veinte aprendí “Papanola vida mía”, misquita, sólo por diversión. Y qué decir del medio siglo XX en que entonábamos las notas de aquel grupo de mexicanos farsantes (Enrique Guzmán, César Costa, Angélica María, Alberto Vásquez y el hondureño Laboriel) que copiaban las micadas vocales de los crooners y roqueros de EUA para hacerlas pasar como genialidades suyas. Paul Anka, Ricardito y Presley fueron los mayormente imitados.

En la década de 1970 vi en el escenario de La Voz de Centroamérica al chicano Andy Russel y a Lucho Gatica, como en el auditorio de la USF al genio español Andrés Segovia. En el 2006 asistí a la Feria en San Salvador para admirar a Pablo Milanés, Joaquín Sabina y —súper espectáculo oloroso a cannabis— Santana, en tanto que en Tegucigalpa a Fito Páez.

Para ambientarme el sepelio bastarían algunas cremas de la creación musical: Nessum Dorma (Puccini) de “Turandot”, “Va pensiero” (Verdi) de “Nabucco” y “Libiamo” (Verdi) de “La Traviata”, como la moderna “MacArthur Park” (J. Webb) interpretada por el más envidiado de mis cantores, Sammy Davis Jr. Yendo a lo menos clásico, que dejen correr los fráteres el disco “Ocho millas” de Eminen, las bellas “Lorquianas” de Ana Belén u otras melodías (que el ignorante llama “piezas”) de Marley.

Lo que siempre me atrajo de la música fue su orden rítmico, el equilibrio que inspira al alma con equidad ya que discrimina a nadie, sea el oyente pobre o millonario vulgar. Se dice que la radio es exitosa porque sin costo atiende de inmediato los gustos personales y uno expresa me gusta o cambia o apaga. Como igual es la música, grata o no desde la inicial nota, pan de armonía o ruido molesto.

Y obvio que para alzar los ánimos al instante del politizado sepelio lo que debe sonar en el camposanto, con gritos y emociones, es “Pa juera que vas…”.