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Fue malo, muy malo, el que antes se eligiera al abogado Chinchilla como titular del Ministerio Público, en contra de la ley.

Y hoy es malo, muy malo también, que se elijan, igualmente al margen de la ley, como fiscal general al abogado Zelaya y como fiscal adjunto al abogado Morazán. Ilusa, al albergar la esperanza de que ambos, al ser hombres de leyes y al aspirar a cargos vitales para el Estado de derecho, rechazarían los indebidos nombramientos y exigirían les fueran otorgados acatando la ley que estarían comisionados de respetar y hacer que se respetara, como lo prometerían.

Lo del interinato es otro eufemismo del poder actual: si se les deja, van a estar ejerciendo los cargos todo el tiempo que sea, meses, años, o por lo menos hasta que se conforme un nuevo Congreso Nacional.

Todo está dirigido a alcanzar ciertos objetivos: perseguir opositores, para retirarlos o neutralizarlos; asegurarse impunidad y a sus colaboradores por ilícitos cometidos y por cometer y, según comentan en su círculo más cercano, a impedir la extradición de algunos parciales requeridos por la justicia norteamericana.

Hacerse los ofendidos y enojados con la nación del norte, siguiendo el guión ya actuado por los dirigentes venezolanos Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, o el matrimonio Ortega Murillo en Nicaragua, todos de señalados vínculos con el narcotráfico, sería solo parte de la estrategia aviesa.

Pero, ¿por qué habrían de seguir ese camino reprensible, si aquí entendemos que no es ese el caso? Revela defectos en sus actuaciones y pensamiento el presidente Zelaya. Pensamiento inorgánico, desordenado y errático, según lo calificaban dos seudopróceres del patio, en su momento muy cercanos a él, de toda su confianza y fascinados usufructuarios del poder.

Evidencia de lo que puede ser la indignidad del ser humano. Si no se adolece de la tendencia delictiva de esos jefes de Estado, ¿por qué imitar tan mal ejemplo? Es de esperar que los Estados Unidos aquí no vaya a caer en la misma trampa.

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