En Guatemala, los hermanos de maíz han sufrido los embates impetuosos de nuestra naturaleza con un estallido brutal del Volcán de Fuego que ha sometiendo a la población a una arremetida sin precedentes y ha enterrado bajo cenizas y lava zonas devastadas donde ha dejado más de 100 muertos, 200 desaparecidos y miles de evacuados. El gobierno de Guatemala ha declarado estado de calamidad pública en Chimaltenango, Escuintla y Sacatepéquez.
En Nicaragua, de igual modo, ha estallado un volcán social, sobre una estructura política, que la población ya se cansó de abuso del poder que cansa, desgasta y somete al gobernado bajo la mirada del gobernante, no importa si es izquierda o derecha. El poder en cualquier categoría y circunstancia se doblega ante el tiempo. Lo cierto es que las impresionantes movilizaciones sociales se deben a unas medidas impopulares del sistema político nicaragüense. El gobierno sandinista debió prever una reacción semejante ante un volcán de descontento popular.
En Costa Rica, además, se han desatado movimientos tectónicos con una denotación de cambios en la maquinaria del Estado con el nuevo gobierno que encontró el país en quiebra y una burocracia paralizante y en una cruzada de leyes en la que el Congreso busca aprobar la ley de fortalecimiento de las finanzas públicas con el objetivo de reducir el gasto público.
En El Salvador, aún, no apacigua la erupción feroz de la política que ha movido el territorio en una guerra de alta intensidad en las luchas políticas por alcanzar el poder; tras la culminación de las elecciones parlamentarias de alcaldías, los electorados salvadoreños se preparan para lo que será la disputa presidencial en febrero de 2019.
Solo en Honduras, desde nuestros días de infancia, en aquellas pizarras gastadas de enseñanza nos habían dicho de aquel volcán de Olancho, el San Jorge, no otro. Era el único que había en nuestras tierras y que estaba inactivo y no existe una probabilidad elevada que penetre la erupción en el futuro. Y, en ese sueño despertábamos asustados, esperando de que estallara nos hemos quedado.
Hoy, lo que ha erosionado es el volcán de la impunidad, el volcancito, ese de la detonación ya se apagó; en estas tierras estériles de moralidad solo dura tres días los escándalos de corrupción. Por el contrario, el volcán de la impunidad una vez que revienta barre con todo, hasta con la memoria que luchan por borrar nuestros recuerdos. Para eso está la Sala Constitucional y su aparato de impunidad que ha estructurado todas las trampas legales a fin de que los dientes cariados de la rudimentaria función de los operadores de justicia que tanto abunda en este país sin pena ni gloria, porque la pena es para los pobres y la gloria para los corruptos.
El volcán de la impunidad nos ha explotado en el rostro y nos ha escupido la verdad de una nación domesticada para estos movimientos telúricos que arrastran con la vergüenza y dignidad de la gente, de paso hunden la economía en el fuego lento de la descomunal estructura del delito organizado y disfrazado de gobierno.
Nosotros, también, somos damnificados. Y ocupamos la ayuda internacional para levantarnos de este ardiente cráter de la cleptocracia que día a día observamos cómo nos ahogan con sus políticas; sin embargo, no queremos levantar cabeza, ya que nos hemos acomodado a un sistema que cada momento nos va comiendo sin darnos cuenta. ¡Dónde están aquellos hondureños que quieren una Honduras diferente! Seamos el cambio de una democracia honesta y que busca el bienestar del ciudadano. ¡No seamos indiferentes!