Columnistas

Así conocí el racismo

Hice mi primaria entre los últimos años de los noventa y los primeros de los dos mil; a la escuela que asistía siempre llegaban niños garífunas, ya que en las cercanías vivía una comunidad de este pueblo de un número considerable. Estos venían de distintas partes del país e incluso de Belice. Muchas veces eran compañeros transitorios, llegaban por ejemplo un abril y se iban un agosto, o incluso antes.

No era necesaria mucha inteligencia para darse cuenta de la posible causa de por qué siempre los compañeros garífunas se iban. Me esforcé por hacer memoria y caí en la cuenta de que nunca nadie se llevó de verdad con estos compañeros. Y en esto debo ser claro, le puede pasar a cualquier niño, sin importar el color de su piel, sin embargo, hay otros hechos que me llevan a pensar que en este caso sí tenía que ver.

Recuerdo vagamente algunos acontecimientos que no puedo más que lamentar. Los apodos que se les ponía a estos compañeros iban todos con veneno, con la intención de ofender. Sin escrúpulos y sin la menor de las discreciones, se hacían comentarios sobre la forma de hablar (que es completamente natural que sea distinto si el español es la segunda lengua), su forma de vestir, su comportamiento, su gastronomía, su aspecto físico, su personalidad, seguido de un larguísimo etcétera.

Claro que algunos profesores hacían algo al respecto, hablaban con los agresores, trataban de corregir su conducta, los castigaban (recordemos que eran otros tiempos); pero en algunos casos no hacían nada, e incluso me atrevería a decir que en secreto o con algún otro docente con poca sensibilidad hacían comentarios parecidos a los que hacían mis compañeros. Así, con el paso de los años, llegaban unos, se iban otros. Espero yo que no se haya tratado de que simplemente dejaban de ir a la escuela por la discriminación.

Hay quienes se quejan en estos tiempos modernos de que en las películas y series de televisión se incluyen momentos que intentan luchar contra el racismo, o quizás una escena que evidencia lo mal que está actuar así, y debo decir que es mejor conocerlo en la televisión que en la vida real. Y lo mismo sucede con otras formas de discriminación como el clasismo, la xenofobia, entre otras.

Así, siendo apenas un niño, conocí el racismo, que es más o menos como conocer un arma mortal, un instrumento de tortura, y poniéndome más metafórico, es conocer el lado más podrido de las personas y el mundo.

A medida iba creciendo el mundo iba cambiando y las circunstancias también, pero había cosas que parecían no modificarse. Y aun hoy en los tiempos que vivimos, que parecen de mucha corrección política, se siguen dando estos acontecimientos, y percibo que los esfuerzos que se hacen por generar una consciencia al respecto solo llegan a las mismas personas, a las que ya son conscientes, porque las demás no quieren que les hagan ver lo mal que están actuando. Hasta justifican su comportamiento.

Y por último, es posible que se viva en Honduras un racismo solapado, en el que todavía tiene mucha importancia qué tan clara es la piel de una persona, es una especie de estratificación tan absurda como suena. “Color humilde” o “color cartón”, dicen los jóvenes para referirse a las personas trigueñas, no sé cuántos prejuicios y formas de discriminación haya en esas pocas palabras. ¡Una pena!