Hoy quisiera invitarlos a reflexionar sobre una forma de vida, muy denostada boca para fuera, pero la elegida y predilecta al momento de la práctica cotidiana, personal y comunitaria, a saber, el individualismo. Y lo vamos a analizar no simplemente como un concepto frío, sino como lo que es: un capricho que se volvió una preferencia vital de pensar que se puede obrar independientemente de la sociedad que nos cobija, bajo la ficción de creernos no sujetos a reglas y normas comunitarias. En clave filosófica, no es más que la preponderante tendencia a pensar que vale más nuestro derecho que el de los demás, al punto tal que justificamos una patética supremacía de nuestra egoísta “libertad” personal por sobre el tan olvidado bien común. Pero no vamos a entrar en la grieta que suele producirse cuando uno habla de libertades individuales y derechos colectivos, porque se cae de maduro que de esa forma entraríamos en polémica innecesariamente con aquellos que confunden derecho con capricho, garantía con premio, obligaciones con hostigamiento. No, hagamos la curva a esas falsas dicotomías y vamos al hueso: no cabe duda que el individualismo es la característica por excelencia que podría adjetivar las pautas de conducta de nuestra sociedad actual. Ahora bien, es preciso que nos preguntemos por un instante, ¿a qué se debe tal reinado? Los motivos son variados, por lo cual nos enfocaremos solamente en algunos, los más comunes y corrientes, aquellos que incluso abrazamos con fuerza a diario y tal vez, no nos damos cuenta.
Aparentemente, vivimos en un mundo en el cual se valora la autonomía y la “libertad personal” por sobre todas las cosas, convirtiendo una fantasía egoísta en una fuerza poderosa que determina las formas en que nos relacionamos con la totalidad de los seres humanos que nos rodean, e incluso la manera en que concebimos nuestra propia vida: se habrán hartado de escuchar lemas políticamente correctos como: “Este es mi tiempo, mi cuerpo, mi espacio personal” o simplemente “Hago esto para mi desarrollo personal”, cuando en realidad, como sostiene el filósofo Byung-Chul Han, no hacemos otra que autoexplotarse bajo el ideal de estar progresando o realizándose (...).
No es casual, en absoluto, que reine en nuestros tiempos la híper comunicación virtual, la obsesión por el éxito personal e individual y la persecución de pseudologros en detrimento de aspectos abismalmente más importantes de nuestras vidas, como lo es el vínculo amoroso comprometido real con quienes hayamos decidido compartir nuestra existencia (llámese pareja, hijos, padres, amigos de carne y hueso, etc.). Inexorablemente este modo de vida tan cool y placentero nos está sumergiendo en un sentimiento permanente de alienación alimentada por un vacío de ilusiones que, lejos de darnos felicidad, nos inyecta una falsa satisfacción por cosas que realmente no valen la pena.
En definitiva, es crucial que no confundamos la necesaria valoración de nosotros mismos, y que no perdamos de vista nunca que la riqueza de nuestra individualidad siempre debe estar sustentada en el aporte que la misma realiza e impacta en los vínculos inexorablemente entrelazados (por ahora) con nuestros miembros sociales, a los cuales debemos de dejar de verlos como fuente de insumo para mi provecho personal, sino como la vía imprescindible para construir comunitariamente un “mundo” más justo, equitativo y menos caprichoso e insensible.