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Al niño que fuimos

Se acerca la celebración del Día del Niño. Por una parte, habrá celebraciones, que volverán a ser presenciales después de dos años, y por la otra, los medios de comunicación se pondrán serios y nos darán estadísticas como que, según el Conadeh, alrededor de unos 900,000 niños trabajan en Honduras (no oficial). Por su parte World Vision estima que son más de un cuarto de millón de niños los que trabajan en el país. De todas maneras, cualquier dato es escandaloso.

Según cifras de la Dinaf de mayo del año pasado, alrededor de 8,000 niños en Honduras necesitaban de protección especial de parte del Estado, es decir, que se encontraban en una situación de vulnerabilidad.

A esto debemos sumarle los datos desgarradores de que en Honduras cada seis horas un menor de edad sufre de algún tipo de abuso sexual. De estos casos, casi el 90% quedan impunes, por no hablar de aquellos de los que ni siquiera se sospecha. Habría que sumarle los casos de violencia doméstica, un monstruo silencioso que destruye moralmente en su mayoría a los niños y a las mujeres.

Son los niños la principal presa de las maras y las pandillas. Según testimonios de integrantes o exintegrantes de estos grupos delictivos, es a temprana edad en la que se ven seducidos por el mundo del crimen y las drogas y deciden formar parte de ellos, consecuencia del abandono social y existencial en el que se encuentran. Por otra parte, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) el 44% de los niños entre 3 y 17 años está fuera del sistema educativo; muchos de ellos por falta de recursos económicos.

La pregunta después de todo este rosario de penas es ¿cómo le vamos a decir “Feliz Día del Niño” a la población infantil de Honduras? ¿Con qué autoridad o valor moral? Simple eslogan. Es muy difícil ser un niño en un lugar que no termina de ser apropiado ni siquiera para los adultos.

Quizá debamos pensar en los niños que fuimos. Si revisamos los grandes problemas sociales atómicamente, es posible que tengan origen en unas desafortunadas infancias. Los niños que sufren violencia, maltrato, abuso, exclusión y otros tantos males, normalmente no tienen ni las competencias ni las ganas ni la fuerza de mejorar el mundo en el que habitan. Salvo, claro, notables excepciones. El país adulto que somos tuvo posiblemente una terrible infancia o por lo menos una infancia no feliz.

La solución y respuesta a este drama social que enfrentan los niños y niños de Honduras no tiene una sola hoja de ruta, hay demasiado por legislar y demasiado por remediar y corregir. Es aquí, en este punto en el que se puede medir el éxito o el fracaso de un Estado: la verdadera felicidad de los más pequeños y vulnerables.

Pienso que quizá si alguien les lleva unos dulces o un juguete, claro que el niño se alegrará, y lo disfrutará, y tendrá una felicidad mínima en ese momento, pero no necesitarán mucho para que ellos mismos (los niños) caigan en la cuenta de que solo se trata de un chispazo, uno artificial en medio de un panorama sombrío y desolador. Y un último apunte que quiero hacer es que ojalá que lo que reciban los niños en este 2022 no todo esté ligado al comercio.

Es decir, no todo es llevarlos a comer y comprarles un juguete. Es amarlos, respetarlos, incluirlos, formarlos, comprenderlos y sobre todo no menospreciar sus aficiones y sus problemas, como suele suceder en este mundo adultocéntrico.