Columnistas

A medianoche y con oficio

Bendito país al que los artistas financiamos su cultura. Tras el que el Estado retiró su respaldo a la faena intelectual ––a lo que está filosófica y políticamente obligado–– y con la anemia presupuestaria de las instituciones para enriquecer el acervo espiritual, no quedó más a creadores y productores de arte, nobles tayacanes, que halar al buey y al arado, en vez de lo opuesto. Hacemos artesanías sin estímulo y cine sin subsidio, distinto al resto del orbe culto; damos crédito a librerías y galerías, nos jugamos sin red la taquilla, mis libros cuestan, voluntariamente, lo mismo hace veinte años y si morimos esperamos que la generosidad popular sufrague el sepelio. Y aún hay quienes se ofenden si hablamos de héroes culturales…

Con dominios informativos sorprendentes, “Memorias de un recluta” (novela, ISBN-978-99926-52565) de Fernando Aparicio (autor previo de “El gran elector” y “El sueño del forastero”) narra las vivencias de un vagabundo que recuerda su trayecto de vida desde llano soldado a experto tirador y guardaespaldas del mandamás de la república, pero que luego desciende vertiginosamente la escala social hasta convertirse en piltrafa que redacta a su hija, con auxilio de un escritor, cierta dolorosa carta aglutinada de pesares, vergüenzas y horror por la existencia.

Compuesta con poco diálogo (diferente a sus anteriores producciones) la obra aspira, quizás por prima vez en Honduras, a retratar el conflicto ético del hombre armado: matar con pasión para luego vivir el resto de años indeciso entre el arrepentimiento y la fatuidad.

En “Crónicas del golpe de Estado” (ISBN-978-99926-47127) Jorge Miralda capta desde el ángulo visual de la Resistencia el coup d’Etat de 2009 y exhibe tan extensa e impresionante recopilación de sucesos, anécdotas, traiciones y sacrificios entonces diariamente ocurridos que sin duda servirá en el futuro para documentar la historia desde la óptica del testimonio personal. Hora a hora del negro junio en que la conserva rompió la constitucionalidad, las 400 páginas de este atestado (en su uso clásico de “diligencia, constancia cierta de algo”), cartapacio de fe inmediata, documentan para mañana la tropa de héroes y villanos que desde tal día ocupa la escena de Honduras.

Arduo escribir poesía amorosa y contestataria, aunque no debía ser pues sólo amor ocupas para desear la revolución. En “Dolor de patria” (ISBN-978-99926-58017) Juan Carlos Zelaya lo posibilita mediante una oportuna escritura de sencillez e intenso sentimiento. Su joven pecado es la circunstancialidad, el apego a la coyuntura inmediata que no deja volar pues la sujeción al instante limita la inspiración, pero a esa la remiendan los años y con disciplina creativa Juan Carlos irá conquistándola a diario.

Rindo homenaje a un “viejo” texto (1993) que gozo releer y que resiste abandonar mi mesa de noche. Es “Agricultura prehispánica y colonial”, antologado por Mario Ardón Mejía (edición Guaymuras, no era obligado entonces el ISBN) y que con delicias narrativas ausentes de la frialdad científica usual relata las peripecias de los pueblos originarios de Mesoamérica y más ––caribes, chibchas, toltecas–– para sobrevivir mediante las artes del cultivo en la tierra.

Todo un compendio (200 pp.) ilustrativo del brillante pasado humano de donde provenimos, de la insolencia constante de los imperios (aztecas exigiendo como tributo mensual tejer diez mil mantas, ejemplo) y de la orgullosa resistencia de las naciones de América antigua al despotismo y la inequidad. Si se deseara resumirla tal es la filosofía humanista de tan amoroso libro “técnico”…

*Escritor