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A enemigo que huye, puente de plata

Con cada nuevo gobierno sobran los que creen merecer muchos privilegios y derechos, y su intento fallido los orilla al odio, al rencor y a la destrucción. Algunos rabian silenciosos su frustración; otros, movidos por la ambición y a saber qué cosa más, explotan irreprimibles en su codicia. Aunque son varios, vienen a la mente dos nombres: Salvador Nasralla y Jorge Cálix.

Las cosas de la vida nos han puesto en el mismo camino en algunos tramos con ambos, y aunque no hemos trabajado juntos, sí muy cerca, y nos permite entender parte de su comportamiento frustrado y nos eleva a la perplejidad su actitud resentida y vengativa, porque pensamos que creían -como nosotros- que el proyecto superaba el interés personal.

Salvador construyó un imaginario de que había ganado las elecciones, a pesar de que el número conseguido de diputados lo desmintiera; aún así, creyó que le tocaba oficina al lado de la presidenta con una puerta abierta para decirle lo que tenía que hacer y cuándo, porque no hay nadie que sepa, que conozca, que intuya las cosas mejor que él.

Le dijeron -y lo creyó- que era el “primer” designado presidencial, sin revisar que la ley no distingue unos de otros, los tres son iguales; de todas maneras se firmaba con la inexistente figura de vicepresidente de Honduras. Como promesa le dieron la presidencia del Congreso Nacional y cargos en la junta directiva, el ministerio de Salud y una oficina propia con empleados y todo, hasta 12 millones de lempiras para sus proyectos oficiales.

No era suficiente. Quería mandar. Las quejas salieron de los pasillos a las redes sociales y de ahí a los medios de comunicación, muchos de ellos afines a los nacionalistas, que hacían fiesta con los exabruptos y uno que otro disparate de Salvador.

Jorge creía que le correspondía ser presidente del Congreso Nacional, pero la decisión era de Salvador, y al no conseguir el puesto se fue a un bosque con nuevos aliados del Partido Nacional -sus adversarios un par de meses antes- para montar su propia junta directiva sin que sepamos bajo qué acuerdos, negociaciones o complicidades.

Es indudable que tanto Salvador como Jorge tuvieron valentía e indecibles riesgos al combatir al gobierno anterior y no se ahorraron adjetivos para condenar los vínculos gubernamentales con el narcotráfico y la inimaginable corrupción; también los encontré en cada marcha, en cada protesta.

No sé si los dos tenían razón o no en reclamar lo que creían haberse ganado, al final, eso nos puede pasar a muchos; pero les faltó la madurez natural y la destreza para jugar, saber esperar, medir los tiempos, brujulear en este oficio siempre incandescente de la política.

No los expulsaron, se fueron porque quisieron, gritando abyectos cosas que les confiaron, y allá consideraron lo que decía Don Quijote: “Al enemigo que huye, hacedle un puente de plata”.