La intolerancia, el fanatismo, el temor a los cuestionamientos y a la heterodoxia ideológica respecto a sistemas políticos, económicos, filosóficos, ha desatado en el transcurso de la historia de la humanidad, represiones, persecuciones, prohibiciones en contra de creadores y sus publicaciones.
En la China imperial, con el cambio de dinastía, ciertos gobernantes decretaban destrucción de libros considerados desestabilizadores del nuevo régimen. Al desatar Mao la Revolución Cultural y enviar a estudiantes a los cuatro confines de ese vasto país para implementarla, se arrestaron y humillaron a intelectuales y docentes, destruyendo obras impresas y artísticas invaluables, parte del rico acervo de esa milenaria civilización, al ser consideradas “contrarrevolucionarias”.
La destrucción de la biblioteca de Alejandría (Egipto) representó una pérdida irreversible de una parte del saber acumulado en la antigüedad y preservado en ese célebre monumento que fue presa de las llamas.
En la Edad Media europea, gracias a los árabes y a las órdenes religiosas enclaustradas fue posible reproducir manuscritos científicos y humanistas de las culturales asiáticas y greco-latinas; los primeros adquiriéndolas y trasladándolas al viejo continente, los segundos, dedicando vidas enteras a su transcripción e ilustración.
La fundación de la Santa Inquisición como medio de preservar la pureza de principios doctrinales del cristianismo significó la sentencia de muerte de filósofos: Giordano Bruno, científicos: Miguel Servet, predicadores: Savonarola, entre miles de personas que fueron quemadas vivas.
La conquista de América por España incluyó, además del genocidio de millones de indígenas, por obra de guerras, pestes, reducción a la esclavitud y deportaciones masivas de aborígenes, la destrucción de manifestaciones culturales autóctonas como parte de la “conquista espiritual”. Así, en Yucatán, el obispo Diego de Landa ordenó la incineración de 27 códices mayas contentivos de sus cosmovisiones y orígenes. Apenas tres se conservan actualmente.
El papado creó el índice de libros considerados herejes, incluyendo a autores masones, decretándose la prohibición de su circulación y lectura.
El régimen nazi en Alemania destruyo libros de autores judíos, cualesquiera fuera su contenido, además de perseguir y exterminarlos, como parte del perverso y macabro plan de Hitler de la “solución final”.
En la ex-Unión Soviética estaba prohibida la impresión de libros y revistas que se apartaron del llamado “realismo socialista”, lo que abarcaba cualesquier tipo de críticas a la clase gobernante.
En Honduras, durante el gobierno de Ramon Villeda Morales se emitió el Decreto 183 que prohibía la circulación y venta de obras calificadas de “subversivas” y atentatorias contra el sistema democrático. Fue así que “Prisión verde” y “Destacamento rojo” de Ramón Amaya Amador, y el poemario “La ruta fulgurante” (hoy textos de estudio en colegios y universidades) de Pompeyo del Valle, fueron incautados.
Hoy, en Venezuela, grupos de ultraderecha opuestos al régimen del presidente Maduro quemaron la biblioteca universitaria en Barquisimeto. (EL HERALDO, 7 mayo 2014, p. 44)
Empero, a pesar de estas destrucciones y acosos, las ideas perduran y la única forma de rebatirlas es mediante la formulación de otras alternativas que superen a sus antítesis, no importando si sus creadores son víctimas de encierro, destierro o entierro.