De luto ha estado la Iglesia Católica ante la pérdida física de su máximo jerarca y quien, sin duda, poseía un carisma muy especial: Jorge Mario Bergoglio, el 266.º papa de la Iglesia Católica. Como tal, fue también el jefe de Estado y el octavo soberano de la Ciudad del Vaticano.
Cuando fue elegido papa, en marzo de 2013, el argentino Bergoglio marcó importantes hitos en la historia de la Iglesia Católica. Fue el primer pontífice latinoamericano. De hecho, el papa Francisco -cuyo sepelio fue en el Vaticano- también fue el primero no europeo en convertirse en obispo de Roma, desde la muerte de Gregorio III en el año 741.
Francisco fue también el primer pontífice jesuita, y como tal, intentó desde el momento de su elección privilegiar la sencillez que se le atribuye a la histórica orden fundada por San Ignacio de Loyola en 1534 por sobre la pompa vaticana.
Recuerdo como si fue ayer la algarabía que causó su elección en toda Latinoamérica, y su gesto extraordinario de rechazar los lujos que conlleva ser papa.
Al asumir su mandato, decidió recibir a sus cardenales de manera informal y de pie, en lugar de sentarse en el trono, rechazó la limusina papal e insistió en compartir el autobús que llevó a otros cardenales de regreso a casa. “Me gustaría una Iglesia pobre y para los pobres”, manifestó públicamente.
Un año más tarde, Francisco, que con su nuevo nombre rindió homenaje a San Francisco de Asís, el predicador del siglo XIII famoso por su austeridad, era escogido por la revista Time como la “Persona del año”.
Que Dios ilumine a los cardenales que elegirán al sucesor de Francisco, que deja un vacío enorme por su humildad y carisma.
Esperemos, entonces, que el nuevo papa sea tan digno y ejemplar para calzar las sandalias del pescador.