“El que tiene techo de vidrio, no tire piedras al de su vecino”, resuena especialmente en el ámbito político, donde la transparencia y la honestidad son fundamentales para construir la confianza y la legitimidad del gobierno. Sí. Buen consejo. Pero sucede que en política el techo siempre es de vidrio y, no obstante, hay que tirarle piedras al político vecino, argumentando siempre que “lo ha hecho mal”, que es un corrupto incorregible, directa o indirectamente, sea por comisión u omisión. La reflexión sobre si la política es un arte de saber mentir y si el que mejor miente gana, nos lleva a cuestionar los valores y las prácticas dentro de la esfera política. Es cierto que la política a menudo está asociada con la habilidad para persuadir, negociar y comunicar, pero esto no debería implicar la aceptación de la mentira como una herramienta legítima. Montesquieu nos recuerda que la corrupción no suele comenzar en el pueblo, sino que se arraiga en las estructuras de poder que, en ocasiones, traicionan la confianza depositada en ellos.
El pueblo otorga poder con la esperanza de que se utilice para el bien común, pero cuando este poder se corrompe, la confianza se pierde y la democracia se ve amenazada. La corrupción socava los cimientos de la sociedad y perpetúa la desigualdad, al tiempo que erosiona la legitimidad de las instituciones.
Es imperativo que los líderes políticos reconozcan la responsabilidad que tienen hacia sus ciudadanos y trabajen para restaurar la confianza perdida a través de la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto a las leyes y los valores democráticos. Los altos cargos de gobierno constituyen un ramillete de ofertas, un perfumado jardín de buenas intenciones. Las palabras “transparencia”, “integridad”, “manos limpias”, “lucha contra la pobreza”, “justicia caiga quien caiga”, y otras similares vuelan alocadamente alternándose con ofertas maravillosas.