En el ser humano no hay ningún elemento definitivo, sino que todo en él es producto de su voluntad, de ese modo, esa voluntad es un pecado originado en el hombre mismo, que puede ser superado a través de la gracia divina y que le sirve de ayuda ya que es incompetente para lograr la salvación por sí mismo, sino por medio de la luz divina. Pero, este hombre poseedor de libertad y de
voluntad, iluminado por Dios, puede elegir la ruta de las virtudes y de la felicidad. La cultura feudal que combinaba religión con filosofía griega, estaba orientada a la práctica de las virtudes cristianas y a ejercitar las almas para su elevación a Dios. Ello haría que esta moral se redujera a cumplir con la ley cristiana y que estuviera llena de espíritu religioso.
La moral, pues, era solo un aspecto de esa religiosidad, nada más, pero no era un elemento marginal y derivado, sino un componente principal del cristianismo. Esta religión privilegiaba la dimensión moral por la importancia que le confería a la praxis interhumana alrededor de la noción del amor a Dios, que se realiza amando al prójimo. Esa noción fue la clave de la anchura moral del cristianismo, en donde se pide amar al enemigo, hacer el bien a los que odian y rezar por lo que nos insultan.