No se debe contradecir ni discutir el juicio de la autoridad, debe ser como una fe ciega porque puede que los argumentos o razonamientos por pronunciar sobre la autoridad esté escondida en la misma individualidad que se consolida en la sociedad, muchos argumentos no son parte de la verdad revelada, lo que parece ser verdadero a todos los hombres es potencialmente negado. Pensamos como individuos y actuamos como miembros de una colectividad que pierde paulatinamente la ruta de la libertad, felicidad, poder y peor aún, perdemos autarquía de ser uno, nos convertimos en propósito de otros y de nadie. Aquí está, sin duda, el motivo de la fascinación de la personalidad de alguien que ostenta autoridad.
La palabra “autoridad” se usa en varios sentidos: así decimos de una persona que es una autoridad en una ciencia; otras veces usamos la palabra autoridad como el poder de obligar a la voluntad libre; o también para designar a la persona dotada de este poder (el padre, el gobernante). A una cierta privación de autoridad la llamamos “desautorización”.
La palabra “autoridad” (auctoritas) está en relación con la palabra “autor” (auctor); hay, en efecto, al fondo de las lenguas una filosofía simple y poderosa: el que es autor, tiene autoridad. Según Santo Tomás, a la autoridad se le debe:
Honor, por su dignidad. Temor, por su poder coercitivo. Obediencia, por su oficio de gobernar. Tributos, como estipendio por su trabajo.
Pero, cómo demostrar tal sumisión a alguien que no es digno de respeto, que se mueve como una criatura perversa que no valora la vida y que fácilmente tiende a la pérdida de la humanidad con mucha ligereza y que aparenta ser carente de discernimiento que rompe el orden natural como en el sobrenatural, en una sociedad.
Hombres con facultades inferiores son los que se adueñan de discursos diversos para fines particulares, viven según su virtud de perversos y hacen con la autoridad haciendo negocios sin entender las consecuencias.