Opinión

Los atentados terroristas contra iglesias en Nigeria, que ayer causaron la muerte de más de una treintena de feligreses que participaban en la misa de Navidad, es una muestra más de la violencia ciega atribuible a esa peligrosa mezcla de religión y política.

Los ataques fueron reivindicados por un grupo islámico que lucha contra el gobierno de Nigeria para imponer un régimen de inspiración religiosa en un país con 160 millones de habitantes y en cuyo norte existe una mayoría de musulmanes y el sur poblado por cristianos.

Esto también muestra que el instinto bárbaro persiste todavía en el ser humano, incluso en aquellos pueblos que se consideran más civilizados. Los horrores de las guerras en Irak y en Afganistán, con el uso de la más alta tecnología, así lo confirman.

Pero la cuestión es que para el terrorismo, para las guerras, para las invasiones, para los ataques y confrontaciones siempre se buscan justificaciones, por lo general nobles: la defensa de la fe, la lucha por la libertad y hasta por la democracia.

Incluso en el tipo de violencia e impunidad de los violentos que sufren países como Honduras tampoco falta alguna justificación. Por lo general se atribuye a la pobreza, tanto el hecho de que la gente se involucre en actos delictivos como a la falta de efectividad de las autoridades en la persecución del delito.

Pero en el fondo, todo tipo de violencia no es más que una manifestación de disfuncionalidad social, atribuible no solo a la maldad de los perpetradores, como simplísticamente quisiéramos creer, sino a profundas fallas del sistema impuesto por quienes de una forma u otra forjaron y dirigen los hilos del poder.

Por supuesto, las grandes masas poblacionales, que al final resultan ser las principales víctimas de las patologías sociales, tampoco están totalmente libres de culpa por dejarse arrastrar hacia los extremos, por no saber elegir a sus gobernantes o por no exigir cambios oportunos con suficiente vehemencia.

Esta brutalidad perpetrada ayer en Nigeria, en uno de los días más especiales de la cristiandad -al igual que la violencia delictiva que sufrimos los hondureños-, son tristes recordatorios de que vivimos en un mundo violento y que la lucha diaria debiera ser para domesticar el instinto destructor que todavía prevalece en el ser humano.

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